martes, 21 de agosto de 2018

¿Qué es la Topología? - Marta Macho Stadler

¿Qué es la topología?
(Por Marta Macho Stadler)



De manera informal, la topología es la parte de las matemáticas que estudia propiedades cualitativas de espacios y objetos. La topología se ocupa de aquellas características de las figuras que permanecen invariantes cuando éstas son plegadas, dilatadas, contraídas o deformadas, de modo que no aparezcan nuevos puntos –no se pueden romper los objetos estudiados– o se hagan coincidir puntos diferentes –no se pueden pegar puntos que no lo estuvieran previamente–. Por ejemplo, en topología, un balón de rugby, un balón de fútbol o una pelota de ping-pong son indistinguibles porque, si estuvieran fabricados de un material maleable –por ejemplo plastilina–, sería posible deformar los unos en los otros sin romper ni pegar nada. Por decirlo de una manera más transparente, en topología no son importantes ni las posiciones de los objetos, ni los tamaños, ni las formas: los tres ejemplos que hemos comentado antes son superficies que encierran volumen vacío. Esa es la cualidad topológica que los define.

Las  transformaciones permitidas en topología presuponen que hay una correspondencia biunívoca entre los puntos de la figura original y los de la transformada, y que durante una de estas deformaciones se hacen corresponder puntos próximos a puntos próximos. Esta última propiedad se llama continuidad, y lo que se exige es que la transformación y su inversa sean ambas continuas: trabajamos con lo que llamamos homeomorfismos.

Los objetos de la topología son los mismos que los de la geometría, pero se trabaja con ellos de manera diferente: un círculo es equivalente a una elipse; una bola no se distingue de un cubo: se dice que la bola y el cubo son objetos topológicamente equivalentes –homeomorfos–, porque se pasa, como ya hemos indicado, de una al otro mediante una transformación continua y reversible.

Uno de los objetivos fundamentales de la topología es distinguir espacios. Si sabemos que dos objetos son homeomorfos y queremos demostrarlo, debemos encontrar una transformación –una aplicación continua– que deforme el uno en el otro y que además sea reversible –también de manera continua–. Aunque puede que resulte algo complicado, sabemos lo que tenemos que hacer. Sin embargo, cuando queremos demostrar que dos objetos no son homeomorfos, a priori habría que ver que no hay ninguna de esas especiales transformaciones reversibles que lleve el uno en el otro. ¿Y eso cómo se hace? ¿Debemos ir probando con todas las transformaciones que se nos ocurran? ¿Y cómo estamos seguros de que no se nos olvida ninguna? Para poder distinguir objetos topológicamente diferentes, se introducen los denominados invariantes topológicos, es decir, nociones que permanecen inalterables al cambiar un objeto por otro topológicamente equivalente. Por ejemplo, algunos de ellos son la compacidad, la conexión, la propiedad de Hausdorff, el tipo de homotopía, etc. Por ejemplo, si un espacio es conexo –intuitivamente, ‘de una pieza’– y otro no lo es, se puede concluir que no son homeomorfos. ¡Cuidado! Eso no significa que dos espacios conexos sean siempre topológicamente equivalentes: por ejemplo, una bola maciza y una pelota son conexas y no son homeomorfas –es imposible ‘eliminar’ el agujero que encierra la pelota–.

Aunque en muchas ocasiones los desarrollos teóricos en topología –o en otras ramas de las matemáticas o de la ciencia– no han tenido o tienen una aplicación inmediata, el investigar en esos campos puede, de manera indirecta, ayudar en el avance de otras disciplinas. Por este motivo, los equipos de investigación son cada vez más interdisciplinares: el combinar conocimientos de áreas diversas, con miradas y formaciones diferentes solo puede contribuir a mejorar cualquier estudio.

Un ejemplo sorprendente de la utilidad de la topología es el de la llamada teoría topológica de nudos. Los nudos están presentes en ámbitos tan dispares como la decoración, la industria textil, la magia, el alpinismo o la cirugía. Su estudio matemático –la teoría topológica de nudos– ha permitido descubrir su relación con la física, la química o la biología molecular.

En matemáticas, un nudo se piensa como una curva continua, cerrada y sin puntos dobles situada en un espacio tridimensional. Dos nudos son equivalentes cuando es posible pasar de uno a otro mediante deformaciones, estiramientos o compresiones, pero sin realizar cortes. Es muy difícil decidir cuando dos nudos son equivalentes, y gran parte de la teoría de nudos se dedica precisamente a intentar resolver esa cuestión. Algunos trucos de magia utilizan justamente esta propiedad: el ilusionista nos presenta una cuerda anudada de manera complicada y usando su destreza y algunas tretas añadidas para despistar deshace ante nuestros ojos las ataduras sacudiendo con fuerza la cuerda. En realidad, el mago ha partido del nudo trivial –no hay nudo– presentado de una manera complicada para disimular la realidad de esa atadura. No ha hecho magia, ha hecho topología.

El ADN posee una estructura de doble hélice en la que dos cadenas de nucleótidos complementarios se enrollan a lo largo de un eje común. Esta doble hélice puede moverse en el espacio para formar una nueva hélice de orden mayor: se habla en este caso de ADN superenrollado. El ADN circular superenrollado es una doble hélice de moléculas donde cada cadena de polinucleótidos forma un anillo. Todas las propiedades físicas, químicas y biológicas del ADN están influenciadas por la circularidad y las deformaciones asociadas al superenrollamiento. Es posible comprender este mecanismo de superenrollamiento –y las consecuencias de esta estructura para el ADN– utilizando matemáticas complejas, en particular topología. Para realizar este estudio se comienza construyendo un modelo matemático representando la estructura helicoidal del ADN y –entre otros factores– es necesario describir los nudos que aparecen en la configuración, encontrar las características esenciales que permitan distinguirlos, es decir, clasificarlos sin riesgo a confusión. Estas características, que deben permanecer inalterables a lo largo de la deformación son los invariantes topológicos del nudo. Las topoisomerasas son enzimas capaces de actuar sobre la topología del ADN: lo enredan o desenredan –es decir, deshacen o crean nudos– para permitir un almacenamiento más compacto o facilitar su replicación. La comprensión del funcionamiento de estas enzimas y su interacción con el ADN podría ayudar a conocer mejor algunas enfermedades genéticas. En esta tarea, la topología tiene mucho que decir.

La topología se utiliza en muchas más ramas de la ciencia: en el estudio de flujos –como la atmósfera alrededor de nuestro planeta–, en el análisis de redes de diversos tipos, en cosmología –como el examen de la forma del universo–, en física de materiales –como en el estudio de cristales líquidos–, etc.  Es realmente emocionante ver cómo una teoría procedente de la matemática pura encuentra aplicaciones en ramas tan diversas de la ciencia… ¡y las que aún estarán por llegar!

Marta Macho Stadler
Doctora en Matemáticas
Profesora Facultad de Ciencia y Tecnología,
Universidad del País Vasco-Euskal Herriko Unibertsitatea



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