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viernes, 26 de enero de 2024

EN RECUERDO - José Manuel Grandela

 

EN RECUERDO

 


Texto de José Manuel Grandela

 

¿Os habéis percatado de la proximidad de las fechas en que ocurrieron estas tres tragedias?

El 27 de Enero de 1986 estaba yo desayunando en un hotel de Madrid con mi admirado amigo Michael E. López-Alegría, acompañado de su esposa Daria y su hijo Nicola, cuando Michael me dijo que si había caído en la cuenta de la fecha aniversario de la terrible muerte de los astronautas del Apollo 1 en 1967. Me confirmó que alrededor de esa fecha el ambiente en Houston y KSC era de tristeza año tras año. Ni Michael ni yo podíamos prever que al día siguiente nos sacudiría la tragedia del Challenger.

Michael se enteró al llegar al aeropuerto de Nueva York, y ver a la gente arremolinada delante de un televisor. Yo lo viví en la Estación Espacial de Madrid, atendiendo el control de vuelo STS-51L, pero sin recibir la esperada señal del transbordador tras cruzar el Atlántico hacia España. Cuando anunciamos a Houston que no veíamos la señal del Challenger, su contestación fue lapidaria con voz muy grave: “There is a major contingency”. Alguien de fuera de la sala de operaciones vino a decirnos que todas las televisiones hablaban de la explosión del Challenger y nosotros esperándole con la antena apuntando al horizonte por donde debía haber aparecido.

Como no quiero extenderme más, porque es muy penoso, dejaré para otra ocasión la vivencia de la reentrada en la atmósfera del Columbia, pero que casi ocurrió en la misma fecha de las dos tragedias que la precedieron.

En fin, ciertos recuerdos no se olvidan nunca.


lunes, 3 de diciembre de 2018

Basura Espacial - Isabel Caballero de Frutos

¿Qué pasa con la basura espacial?
(Por Isabel Caballero de Frutos)



Desde el lanzamiento por la Unión Soviética del primer satélite artificial Sputnik 1, el 4 de octubre de 1957, la órbita terrestre ha sido colonizada incesantemente por satélites y objetos artificiales a medida que la tecnología espacial progresaba a marchas forzadas. A partir de ese momento, considerado como un hito en la historia de la Humanidad, la percepción del espacio y de nuestro planeta ha cambiado de manera notable. A lo largo de estas seis décadas, las aplicaciones de la teledetección han evolucionado desde el inicial carácter militar durante la Guerra Fría para desembocar en la actualidad en diversas actividades que abarcan las telecomunicaciones, el comercio, la seguridad, la navegación, la observación de la Tierra, la meteorología y oceanografía, y un largo etcétera de disciplinas que se nutren de este tipo de herramientas. Pese al extraordinario progreso científico sin precedentes que la exploración espacial ha generado en nuestras vidas cotidianas, con inmensos e incuestionables beneficios, nos encontramos con un inconveniente común. Todos los objetos artificiales que se encuentran orbitando alrededor de la Tierra tienen fecha de caducidad, a partir de la cual ya no darán servicio y por lo tanto, finalizará su “vida útil”.

Esta realidad ha provocado que exista un número elevadísimo de objetos sin utilidad, fruto de la actividad del ser humano, lo que se conoce como “basura espacial” o también denominada “chatarra espacial” (Vídeo 1). La diversidad de desechos es enorme, englobando desde naves que se han quedado obsoletas, grandes restos de cohetes o artefactos desprendidos durante las misiones espaciales, hasta pequeñas partículas de pintura o polvo. Estos fragmentos espaciales se pueden clasificar según nuestra capacidad de detectarlos mediante radares y telescopios, siendo solo las fracciones mayores de 10cm las que se localizan de forma precisa. Según los expertos de las Agencias Espaciales Europea (ESA) y Americana (NASA), se estima que hoy en día solo un 7%, aproximadamente, de los objetos en órbita son naves operativas, que corresponden a alrededor de 1.000 satélites activos. Las cifras continúan, pues existen más de 150 millones de restos de tamaño inferior a un centímetro orbitando a nuestro alrededor. A primera vista, podríamos no dar importancia a este conjunto específico, pero teniendo en cuenta las elevadas velocidades a las que circulan estos fragmentos debido al campo gravitatorio (entre 6-10km/s), incluso los más diminutos suponen un potencial peligro, pudiendo actuar como proyectiles y dañar los satélites operativos. Asimismo, encontramos alrededor de medio millón de fragmentos entre 1-10cm y poco más de 20.000 piezas de más de 10cm. Cuando el tamaño es considerable, la amenaza es superior y el impacto puede ser desastroso, ocasionando deterioros irreparables. Recordemos la famosa colisión accidental en el espacio en el año 2009 del satélite estadounidense de comunicaciones Iridium-33 con el satélite militar ruso Kosmos-2251, la cual provocó la destrucción de ambos y generó más de 2.000 fragmentos de basura visibles. Incluso los astronautas, sin pretenderlo, han ensuciado el espacio inmediato a nuestro planeta al perder durante sus paseos espaciales diversos objetos tan variopintos como guantes, bolígrafos, cámaras o herramientas.

Se ha publicado recientemente un vídeo-infografía en la que se muestra una reproducción de toda la basura espacial registrada en Space Track que rodea a nuestro planeta, repasando la historia entre 1957 y 2016 (Vídeo 2). Es simplemente una imagen general sin ajustarse a escala, pero ilustra perfectamente el colapso actual que existe en el espacio y nos plantea el inmenso desafío que esto provoca para la Humanidad.

Cabe mencionar que los deshechos orbitales no se encuentran distribuidos uniformemente, sino que hay algunas franjas especialmente transitadas o “sucias”, donde se acumula la mayor densidad de basura. La órbita geoestacionaria GEO (Geostationary Earth Orbit), situada alrededor de los 36.000km de altura sobre la superficie terrestre, es una de las más utilizadas en el posicionamiento de satélites, debido principalmente a la estabilidad que presenta para este tipo de operaciones, siendo a la vez la más problemática. Esto es debido a que los objetos no escapan a la gravedad de la Tierra, pero tampoco son atraídos con suficiente fuerza como para desintegrarse, por lo que podrían residir ahí durante miles de años sin ningún control.



Figura 1: Imágenes generadas por ordenador de los objetos en órbita terrestre que están siendo rastreados actualmente en la GEO (arriba) y LEO (abajo). 
Fuente: NASA Orbital Debris Program.


Adicionalmente, las órbitas de baja altitud LEO (Low Earth Orbit) comprenden la zona situada entre 160 y 2.000km, y debido a la gravedad, los objetos localizados en ellas van descendiendo muy lentamente con el tiempo. Al encontrarse más próximas a la atmósfera terrestre, la cual es un protector efectivo, provoca que tras la entrada del deshecho, el rozamiento por fricción con los gases que la componen y la celeridad de caída fragmenten los objetos, con la desintegración y su destrucción en mayor o menor grado. Esta gran afluencia de residuos obsoletos ocasiona otro problema añadido: la generación de más basura debido a la colisión entre sí o el impacto con satélites en uso. Este es el efecto cascada o dominó que se conoce como Síndrome de Kessler. Donald J. Kessler, científico de la NASA en la segunda mitad del siglo XX, ya predijo el incremento exponencial de objetos espaciales alertando del peligroso volumen de basura, lo cual dificultaría la puesta en órbita de nuevos instrumentos.

La basura espacial apenas supone un peligro real para los seres humanos. El número de incidentes registrados como consecuencia de la caída de fragmentos en la superficie de la Tierra es relativamente reducido. Sin embargo, el mayor inconveniente reside en la colisión en las capas de la atmósfera. Mientras que los impactos con escombros de muy pequeño tamaño se producen con frecuencia sin ocasionar daños, son las colisiones de objetos con dimensiones superiores a los 10cm las que pueden originar consecuencias desastrosas, aunque las probabilidades sean mínimas. En la actualidad, las naves espaciales están capacitadas mediante blindajes robustos para resistir a impactos de piezas de hasta 1cm de tamaño. No obstante, como pronosticó Kessler, la chatarra espacial supone una amenaza directa para las misiones actuales y futuras o en las operaciones tripuladas, por lo que es necesario conocer y supervisar constantemente las zonas de mayor acumulación de deshechos a fin de evitar riesgos de colisión.

Las agencias espaciales y los diferentes gobiernos e instituciones ya trabajan de forma prioritaria desde hace años para remediar la acumulación de residuos, un reto para la tecnología aeroespacial debido a la complejidad y el coste económico que implica. En primer lugar, debemos mencionar las medidas que se encuentran dirigidas a mitigar o, preferiblemente, prevenir la producción de basura espacial. La Organización de Naciones Unidas cuenta con una normativa por la que los países deben comprometerse y presentar un plan de mitigación con la puesta en órbita de instrumentos espaciales. Sin embargo, no existe un marco legal internacional que obligue a los Estados a limitar o limpiar la producción de deshechos en el espacio, por lo que parece necesario reforzar la legislación. Varias agencias, como la NASA y la ESA, ya han establecido algunas normativas internas, con directrices y líneas de actuación recomendadas para su cumplimiento. Se pueden citar varios ejemplos, como son evitar la destrucción intencionada de objetos, prevenir las explosiones accidentales de las fases operativas o reducir los residuos derivados de las mismas con los sistemas de desecho. Igualmente, otra de las medidas consiste en limitar la presencia de satélites y propulsores a un número de años en las zonas más saturadas, como lo son la banda de los 800km en la LEO y toda la GEO, para que entren en la atmósfera o sean almacenados en órbitas más alejadas denominadas “órbita cementerio”, donde no supongan peligro para los equipos activos.

Pero el sólido consenso entre los expertos en la materia es que, con el escenario expuesto, la futura protección y preservación del espacio requerirá de otro tipo de actuaciones. Será necesario combinar las medidas preventivas con las estrategias de retirada activa y limpieza de la basura espacial existente, lo que entraña un desafío de enorme envergadura. La investigación y desarrollo de estas misiones debe ser abordada como un esfuerzo conjunto de cooperación entre industria, gobiernos y agencias espaciales internacionales. Las soluciones que están sugiriendo los científicos y expertos de todo el mundo son muy diversas, trabajando para combatir el problema de la manera más eficaz y económica.

En este sentido, la ESA dispone de un programa pionero, la Iniciativa Espacio Limpio “Clean Space”, dividido en varias categorías metodológicas encargadas de reducir el impacto ambiental de la industria espacial tanto en la órbita como en tierra. Por un lado, el proyecto se centra en el diseño para fomentar las tecnologías ecológicas (EcoDesign) y reducir la producción de desechos espaciales (CleanSat), como también en la investigación de productos no contaminantes en la fabricación de satélites, desde el combustible hasta las materias primas. Por otro lado, con la iniciativa “e.Deorbit”, se estudia la recuperación activa de artefactos en la órbita LEO. El objetivo de la misión es utilizar una nave espacial para capturar los objetos en desuso propiedad de la ESA, acercándolos hacia la Tierra de forma controlada y desintegrándose de manera segura a lo largo del proceso. En la actualidad hay dos conceptos bajo consideración: uno con una red y el otro con un brazo robótico.

Otro experimento propuesto por la Agencia Espacial Japonesa (JAXA) es el uso de una gigantesca red de un material muy resistente para capturar los restos de sondas y satélites que van flotando por el espacio. Lo que pretenden crear es una red hecha de hilo especial, capaz de resistir cambios extremos de temperatura y grandes fuerzas, que tras ser lanzada junto con un satélite y desplegada, cubra varios kilómetros. A continuación, comenzará a orbitar la atmósfera terrestre recolectando los deshechos.

La NASA se encuentra experimentando sobre un posible gel aéreo, un material sintético y ligero que se solidifica y provocaría que la basura se pegue a él. Esta agencia ya hizo uso de este gel para recolectar polvo espacial en la nave Stardust, pero aún no se ha probado con basura espacial. Otra idea explorada desde hace tiempo por los EEUU y China es el uso de un sistema de rayos láser poco potentes con el que se vaporizaría la basura en pequeños fragmentos para reducir la altura de su órbita y, de este modo, arrastrarlo lentamente hacia la Tierra.

En España, investigadores de la Universidad Politécnica de Madrid han liderado un proyecto internacional BETs (The Bare Electrodynamic Tethers Project) donde plantean el desorbitado de la basura espacial en la órbita LEO mediante amarras electrodinámicas. Esta tecnología consiste en incluir una amarra enrollada como un carrete en el satélite, y cuando este deje de estar operativo, la amarra se desplegaría de forma pasiva, utilizando el frenado del campo geomagnético en lugar del débil frenado atmosférico. Entre sus prometedores resultados está el desarrollo de un simulador de utilidad para agencias espaciales y empresas.

La misión RemoveDebris, dirigida por el Centro Espacial de Surrey, es un primer intento de la UE [1] destinado a recoger basura espacial, la cual tiene previsto comenzar en 2017. Se trata de una misión experimental que probará tres sistemas para capturar o desviar los deshechos espaciales con tecnología a bajo coste, empleando instrumentos como un arpón, una red y un sistema de navegación para arrastrar de forma remota a los satélites viejos a lugares donde se desintegren.

Existen otros proyectos de mayor complejidad que proponen diferentes soluciones a este problema, como la puesta en órbita de un vehículo espacial que, mediante brazos articulados, permita recoger los desechos espaciales de gran tamaño. Éstas y otras ideas ya planteadas son imprescindibles para abordar la búsqueda de un método eficaz, económico y ecológico, el objetivo principal de investigadores y científicos especializados en el sector espacial. Pero, por el momento, un gran porcentaje de estos diseños supera nuestra capacidad técnica y nuestros recursos económicos.

Mientras se resuelven estos aspectos asociados a los incentivos del problema, es fundamental que la comunidad internacional sea consciente de la importancia de la proliferación de objetos en órbita y siga avanzando en su exploración, tomando algunas decisiones importantes.

La vulnerabilidad tanto de la Tierra, como del espacio que la rodea, saturada de desechos generados por los humanos, es una llamada de atención imperiosa para la búsqueda de futuras soluciones que, además, ha pasado de pertenecer exclusivamente al ámbito de la gestión aeroespacial para irrumpir con auge en la opinión pública internacional.

Por un Universo limpio como herencia para las generaciones venideras.


Vídeo:


Notas:


Bibliografía:
Heiner Klinkrad, Space Debris - Models and Risk Analysis. Springer Verlag, 2006, 430, ISBN 3-540-25448-X


Isabel Caballero de Frutos
Doctora en Ciencias
Investigadora postdoctoral
Instituto de Ciencias Marinas de Andalucía (ICMAN-CSIC)

lunes, 26 de noviembre de 2018

¿Volvemos a la Luna? - Ana Inés Gómez de Castro

¿Volvemos a la Luna?
(Por Ana Inés Gómez de Castro)



La aventura lunar comenzó a finales de los años 50 (siglo XX) con la carrera espacial entre la Unión Soviética (URSS) y los Estados Unidos (EEUU). El 12 de septiembre de 1959 llegaba por primera vez una nave terrestre a la superficie lunar; la nave se llamaba Luna 2 (o Lunik 2) y fue puesta en órbita desde el Cosmódromo de Baikonur por la Agencia Espacial Soviética (RosaviaCosmos). El Luna 2 impactó en la región de Palus Putredinis cercana al cráter Arquímedes.

Entre 1966 y 1969 otras siete  naves terrestres llegaron a la superficie lunar: dos lanzadas por RosaviaCosmos, el Luna 9 y Luna 13, y cinco  misiones  por la Agencia Espacial Estadounidense (NASA), Surveyor 1, 3, 5, 6 y 7. Prácticamente todas las naves alunizaron en el hemisferio norte de la cara visible de la Luna (ver figura 1) aunque en regiones con características muy diferentes de la superficie lunar.


Figura 1: Zonas de alunizaje de las misiones hasta 2014 [1].


El gran hito de esta pre-historia lunar tuvo lugar el 20 de julio de 1969, cuando el módulo lunar de la misión Apollo XI (NASA) transportaba por primera vez hasta la superficie de la Luna a dos seres humanos. La frase de Neil Armstrong: “un pequeño paso para el hombre pero un salto gigantesco para la humanidad” (1) forma ya parte del acerbo cultural de la humanidad.

Tristemente, el programa lunar terminó con la carrera espacial.  El programa Apollo (NASA) murió en los años 70; la última misión, el Apolo XVII se lanzó en 1972. Por el lado ruso, RosaviaCosmos concluía su programa lunar el  9 de agosto de 1976, con el lanzamiento del Luna 24. A partir de ese momento, el foco de la exploración espacial tomó otro curso: misiones planetarias, observación de la Tierra, desarrollo y operación de la estación espacial internacional, observatorios astronómicos… hasta que recientemente se ha recobrado el interés por la Luna (ver figura 2).


Figura 2: Misiones lunares anuales desde 1958. La línea continua indica el número de misiones por año que llegaron a la superficie lunar incluyendo misiones que simplemente impactaron con la superficie, robots y los aterrizajes humanos de las misiones Apollo.  La línea discontinua  marca todas las misiones, incluidos los orbitadores como el Lunar Reconnaissance Orbiter (LRO).


Los principales responsables de este interés renovado han sido las agencias espaciales más jóvenes: la Agencia Espacial Japonesa (JAXA), realizó una serie de lanzamientos exitosos en 2007, la Agencia Espacial India (ISRO) envió la sonda Chadrayaan-I que descubrió la presencia de agua en la Luna y la Agencia Espacial China (CNSA) inició un robusto programa lunar en 2007 con la misión Chang’e 1, seguida por las Chang’e 2 y Chang’e 3 y que continuará en 2017 y 2018 con las misiones Chang’e 4 y 5.

A las tradicionales agencias espaciales, hay que añadir la actividad de grandes compañías impulsadas por el gigante de internet Google y la visión del grupo Xprize.  La competición Google Lunar XPRIZE reúne a equipos que con financiación privada deben poner una nave en la Luna, recorrer con ella 500 metros y transmitir a la Tierra imágenes y video de alta calidad [2]. El primero que lo consiga obtendrá un premio de 20 millones de dólares aunque el objetivo fundamental de los equipos es el desarrollo tecnológico y la búsqueda de una buena posición de partida en la exploración lunar. Los equipos están frecuentemente participados por empresas tecnológicas líderes en sus países de origen y están formados fundamentalmente por equipos científicos y de ingeniería. En la actualidad hay 16 equipos registrados algunos de ellos con el lanzamiento ya definido y verificado por la organización.

El 27 de septiembre 2003, la Agencia Espacial Europea (ESA) lanzaba la misión SMART-1 inaugurando su actividad lunar. ESA ha mostrado interés en la exploración lunar recientemente, con actividades como retomar los vuelos lunares en estrecha colaboración con RosaviaCosmos y desarrollar la ingeniería para la creación de un asentamiento lunar estable. En los planes conjuntos ESA-RosaviaCosmos está la misión Selene2 que  traerá de vuelta a la Tierra una muestra del terreno del polo sur de la Luna.


1        ¿Por qué volver a la Luna?

La Luna es rica en recursos minerales y su distribución está siendo determinada por las naves en órbita lunar. Naves como LRO (NASA), Clementine (NASA),  Chadrayaan-I (Agencia Espacial de la India, ISRO) han obtenido datos sobre la distribución de rocas hidratadas y minerales en la superficie lunar (ver figura 3). Las concentraciones más elevadas de metales tales como hierro o titanio, o de algunos elementos utilizables como fuente de energía (p.e. torio que enriquecido puede utilizarse como núcleo fisionable) se encuentran en las cercanías del cráter Copérnico.  Otros materiales como el He-3 o el Tritio,  son abundantes en el regolito (2) lunar.

Por otro lado, conocer la distribución de rocas hidratadas es fundamental para determinar la localización de futuros asentamientos humanos, así como para la investigación sobre el origen de la vida.


Figura 3: El panel de la izquierda muestra la distribución de rocas hidratadas en la cara visible Luna; las regiones de colores azules a violeta, situadas en los Polos, tienen una gran concentración de rocas hidratadas [Datos: obtenidos por la misión LRO de NASA]. Los paneles centrales y derechos muestran  la distribución de hierro en la Luna, medido por la misión Clementine (NASA) [3].


En la actualidad, el coste de poner una masa de un kilogramo en la Luna es de aproximadamente 1 millón de euros, haciendo que la explotación minera lunar sea un mal negocio cuando se compara con las explotaciones terrestres, al menos de momento. La explotación mineralógica es una fuerte motivación para la exploración lunar en especial, a medida que los vuelos se abaraten y los recursos terrestres escaseen.  En un futuro más lejano, la abundancia de metales en su superficie, la ausencia de fuentes de oxidación, la disponibilidad de energía y la menor gravedad harán de la Luna un lugar privilegiado como astillero de naves espaciales y como avanzada en la exploración humana del Sistema Solar.

Más allá de las razones económicas existen poderosas razones científicas para instalar laboratorios y observatorios astronómicos en la Luna. La contaminación electromagnética de la Tierra (desde la polución lumínica a las radiofrecuencias) y la ausencia de atmósfera en la Luna hacen de nuestro satélite un lugar privilegiado para la observación astronómica. La Luna es el laboratorio más cercano para el estudio del origen de la vida y la astroquímica; la presencia de rocas hidratadas y el fuerte flujo de radiación ultravioleta proporcionan el laboratorio ideal para reproducir la formación de estructuras complejas y aminoácidos en el espacio.

Pero la razón última para volver a la Luna va más allá de estas consideraciones y es intrínseca a la naturaleza humana. La evolución de nuestra especie se mueve por la curiosidad que nos lleva a la exploración de nuestro entorno. El desarrollo científico y tecnológico está incrementando la esperanza de vida y la población mundial. En consecuencia, tanto la naturaleza humana como la presión demográfica forzarán a los humanos a expandirse en todo el territorio accesible. Y la accesibilidad de la Luna ya está tecnológicamente cercana. En resumen, vamos a volver a la Luna y esta vez para quedarnos.

La exploración y la ocupación de nuestro entorno es también una necesidad para la sobrevivencia nuestra especie: la vida humana es frágil y el Universo hostil. Si nuestra especie quiere sobrevivir tendrá que salir al espacio y extender su área de habitabilidad; es demasiado arriesgado que el único hábitat humano sea el planeta Tierra.


2        La ciudad lunar “Nueva Antártida”

La tecnología actual permite enviar con “cierta” facilidad componentes a la Luna pero su coste es todavía muy elevado (1Meuro/kg). Por lo tanto, cualquier propuesta realista pasa por una de estas tres posibilidades:

-Usar como habitáculo la nave de transporte Tierra-Luna
-Desarrollar habitáculos con materiales lunares
-Buscar estructuras geológicas estables y enterradas en la superficie lunar dentro de las cuales se pueda habilitar una base.

La primera propuesta ha sido analizada por varias agencias y solo tiene un inconveniente, el habitáculo debe de ser pequeño, dados los costes de lanzamiento, y habrá de ser “semienterrado” para proteger su interior del viento solar.

La ESA, junto con el equipo de arquitectura Foster & Partners, ha realizado un estudio de la utilización de impresoras 3-D para la creación de edificios en la Luna utilizando como base material lunar. En este trabajo están involucrados estudios y jóvenes empresas españolas del sector de la construcción.

Orbitadores lunares, como el Lunar Recognaissance Orbiter (LRO) de la NASA, están realizando mapas de la superficie lunar con gran resolución y han descubierto zonas protegidas bajo los cráteres y tubos de lava en los que, en principio, podría asentarse una colonia a bajo coste. Aunque el lugar favorito para el establecimiento de una ciudad lunar es el polo sur de la Luna dada la abundancia de agua y las condiciones del terreno (ver Figura 4).


Figura 4: Imagen del polo sur de la Luna. Los colores en los cráteres marcan la abundancia de hielo del máximo (2%) en blanco a 0.3% en azul oscuro [4].


Pero, ¿hasta qué punto es acometible el coste de esta aventura? En la actualidad, la comunidad internacional está financiando un gran proyecto espacial: la Estación Espacial International (ISS: International Space Station), ¿serían los costes comparables?

La ISS es el experimento (y la colaboración científico-técnica) más ambiciosa en la historia de la humanidad. La ISS había costado alrededor de 100,000 millones de dólares en 2010, sin contar con los viajes a la estación que incrementarían el monto total a unos 150,000 millones de dólares totales invertidos en el periodo 1998-2010 (3) .

Por lo tanto, y haciendo un prorrateo anual, se podrían colocar unas 10 toneladas al año en la Luna por el mismo costo que la ISS. Pero las Agencias Espaciales están pensando en una aproximación más ingeniosa al problema. Una flota de impresoras 3D que utilicen como material el regolito lunar y como fuente energía el sol, podría crear edificaciones e instrumentación para trabajar remotamente, desde laboratorios terrestres, en la Luna. Obviamente, al final, los humanos nos estableceríamos en la Luna pero ese paso sería mucho más caro y más tardío.

En conclusión, sí, vamos a volver a la Luna y esta vez para quedarnos.


Figura 5: Una propuesta de ciudad lunar (Moon village) realizada por la ESA, en colaboración con Foster+Partners La ciudad es construida alrededor de módulos enviados desde la Tierra que son recubiertos de regolito Lunar utilizando impresoras 3D [5].


Notas:
(1)  Todavía en 2016, una búsqueda genérica en internet de la frase “es un pequeño paso  para el hombre”, en español, arroja la frase de Neil Armstrong  en las primeras líneas.
(2)  El regolito lunar es el material de la superficie de la Luna procesado por el viento y la radiación del Sol.
(3)  Esta cantidad es equivalente a un 0,2 % del producto bruto mundial  anual (87,25 billones de dólares al año).

Bibliografía:
[1] “The locations of every Lunar landing”, Kevin Anderton, July 20th 2015; www.forbes.com
[2] lunar.xprize.org
[3] Lucy et al. 1995, Science, 268, 115
[4] Gladstone et al. 2012.
[5]http://www.esa.int/Our_Activities/Space_Engineering_Technology/Building_a_lunar_base_with_3D_printing

Ana Inés Gómez de Castro
Doctora en Astrofísica
Catedrática de Astronomía y Astrofísica,
Universidad Complutense de Madrid



miércoles, 25 de julio de 2018

MARTE, "análogos marcianos" - Alberto González Fairén

¿Qué son los ambientes análogos marcianos en la Tierra? ¿Por qué son útiles para buscar vida en Marte?
(Por Alberto González Fairén)



¿Qué es un “análogo marciano”?

Décadas de exploración científica han revelado que algunos lugares de la Tierra pueden ser similares a algunos de los entornos geológicos que han sido inferidos (en el pasado) u observados (en el presente) en Marte. Por lo tanto, los análogos terrestres de Marte son lugares de la Tierra que se caracterizan por presentar unas condiciones climáticas, mineralógicas, geomorfológicas y/o geoquímicas similares a las observadas en Marte, en el presente o en el pasado. Estos ambientes análogos terrestres representan una ventana a través de la cual podemos estudiar Marte sin salir de nuestro planeta.

Debemos tener siempre muy presente que cada uno de los análogos de Marte ha de ser comparado con un tiempo geológico marciano preciso y con un lugar específico de la geografía marciana, y que no existe ningún lugar en la Tierra que constituya un análogo perfecto y completo para toda la historia geológica y para toda la superficie de Marte. En cualquier caso, si bien cada uno de los análogos marcianos por sí solo no puede representar adecuadamente los cambios en las condiciones ambientales de Marte a través del tiempo, sí que podemos extraer lecciones valiosas sobre la posible habitabilidad de Marte en el presente y en el pasado mediante la combinación de la investigación de estos análogos con simulaciones realizadas en laboratorio y con los datos obtenidos a través de los orbitadores y las sondas que han aterrizado en Marte.

El estudio de  análogos marcianos vinculados a la historia geológica de Marte nos permite comprender mejor los procesos que han dado forma a la superficie del planeta, incluyendo su evolución geológica y geoquímica. También nos facilita la evaluación de la diversidad de ambientes en la superficie y en el subsuelo, tanto en el espacio y como en el tiempo; nos ayuda a determinar la mineralogía y el origen de ambientes únicos, que son importantes para la extrapolación de los resultados a Marte; y nos permite evaluar el potencial para la aparición de la vida y la preservación de los diferentes tipos de biomarcadores fósiles a través de la historia del planeta.

Muchos análogos terrestres reúnen condiciones geoquímicas que los hacen habitables únicamente para ciertos tipos de organismos muy especializados y adaptados a estos entornos. 

Al intentar comprender la historia de Marte a través del estudio de análogos terrestres, también obtenemos información relevante acerca de los límites de la vida en la Tierra, así como de la capacidad de los organismos para adaptarse y sobrevivir en ambientes donde el agua líquida se encuentra al límite de su estabilidad.

Las edades de Marte

La historia geológica de Marte está definida por tres etapas muy diferentes: el Noeico (desde la formación del planeta hasta hace 3.600 millones de años) fue una época que se caracterizó por la presencia de una atmósfera de cierta entidad y abundante agua líquida en la superficie, que formó ríos, lagos, deltas e incluso un océano, en un entorno climático en general muy frío, similar al Océano Glacial Ártico de la Tierra; el Hespérico (de 3.600 a ~ 3.000 millones de años atrás), un periodo de transición aún más frío, y semiárido, durante el que la atmósfera se volvió mucho más tenue, el agua de la superficie estaba en general congelada y los campos glaciares eran habituales; y, finalmente, el Amazónico (desde hace ~ 3.000 millones de años hasta la actualidad), que se caracteriza por ser un período de extrema sequedad y frío intenso, con una atmósfera cada vez más fina, y que ha convertido la superficie de Marte en el desierto árido y extremadamente frío que hoy conocemos.

Estas tres épocas climáticas globales definen también tres posibilidades diferentes desde el punto de vista de la habitabilidad de Marte: una etapa temprana, cuando los requisitos básicos para la vida tal y como la conocemos en la Tierra estaban presentes en Marte (agua líquida y fuentes de energía); una etapa intermedia, durante la que las soluciones líquidas se volvieron escasas y potencialmente no adecuadas para cualquier forma de vida; y la etapa más reciente, durante la cual las condiciones en la superficie han sido en gran parte prohibitivas para la vida, excepto tal vez en algunos nichos aislados.

Análogos marcianos en la Tierra

Durante las últimas décadas, se han propuesto un gran número de lugares de la Tierra como análogos marcianos, hasta el punto de que hoy se pueden contar por docenas. No obstante, la mayoría presenta un grado de analogía reducido, que se limita a una característica exclusivamente, ya sea climática, geoquímica o mineralógica. Tan solo un pequeño número de análogos marcianos pueden ser considerados realmente como tales, al mostrar un conjunto de rasgos que realmente los asemejan a ciertos paisajes marcianos, presentes o pasados. Entre ellos, los más destacables son:

1.       Análogo del Noeico (I)
La región de North Pole Dome, en Pilbara, Australia Occidental. El cratón de Pilbara se extiende sobre 60.000 km2, e incluye rocas relativamente poco deformadas que datan del periodo Arcaico (hace entre 3.500 y 2.700 millones de años). El North Pole Dome se sitúa en     el centro del cratón, cubriendo un área de 600 km2, y es una región de abundante vulcanismo antiguo que representa un análogo marciano muy válido, ya que  Marte presenta muchas regiones ricas en basaltos poco alterados. Las rocas máficas de Warrawoona incluyen algunos de los terrenos volcánicos más antiguos que se preservan en la Tierra, con una edad comparable a los basaltos de las tierras altas marcianas. Entre los materiales identificados han aparecido filosilicatos similares a las arcillas marcianas, en ambos casos formados por alteración hidrotermal de los flujos de lava basálticos. Algunas de las rocas del North Pole Dome contienen los restos de la biosfera de la Tierra más antiguos que se preservan, en forma de estromatolitos y posibles microfósiles, algunos de ellos con edades superiores a los 3.000 millones de años. El acceso a estos materiales para su estudio está facilitado por la diversidad de los afloramientos y la escasa vegetación de la zona.

2.       Análogo del Noeico (II)
RíoTinto, España. El Río Tinto se encuentra en la Faja Pirítica Ibérica (IPB), una formación geológica en el suroeste de España originada por actividad hidrotermal. El río Tinto fluye a través de los depósitos minerales de la IPB (principalmente hierro y sulfuros de cobre) hasta llegar al Océano Atlántico, dando lugar a la región ácida más grande del mundo. Las aguas del río Tinto tienen una alta concentración de ion férrico que mantiene la acidez de la solución (pH=2,3 de media) a lo largo de toda su longitud, a pesar de los cambios climáticos estacionales y la dilución debida a sus afluentes y la lluvia. La acidez extrema y la alta concentración de metales pesados ​​que se encuentran en el ecosistema del Tinto son la consecuencia directa de los procesos biológicos de los microorganismos oxidantes del hierro y del azufre que crecen en los depósitos de sulfuro metálico de la IPB. Se ha sugerido que las características geológicas del río y su entorno podrían ser similares a las de la región de Meridiani Planum (la zona de exploración del rover Opportunity) durante el Noeico.

3.       Análogo del Hespérico
La isla Axel Heiberg, en el archipiélago Ártico Canadiense. En las regiones del extremo norte del archipiélago Ártico Canadiense existen extensas acumulaciones de hielo masivo. Allí, el permafrost (mezcla de suelo y hielo) es denso y continuo, análogo al permafrost marciano. Estas características están presentes, por ejemplo, en las islas Ellesmere y Axel Heiberg. En Axel Heiberg existen diferentes manantiales de agua líquida que permanecen activos todo el año, incluso durante el invierno, soportando temperaturas muy por debajo de cero grados centígrados; algunos de estos manantiales se mantienen activos por la presión con la que el agua circula bajo la superficie, mientras que otros son de naturaleza hidrotermal. Ambos procesos, y algunos otros como la presencia de salmueras, podrían ayudar a explicar la presencia local de agua líquida en Marte durante el Hespérico. La isla Axel Heiberg, además, proporciona un entorno adecuado en términos climáticos y de presencia de hielo para ensayar los procedimientos de perforación y manipulación de muestras que han de completar nuestros robots en Marte (Figura 2).

4.       Análogo del Amazónico (I)
Desierto de Atacama, Chile. Las evidencias geológicas y la mineralogía del suelo sugieren que las condiciones hiperáridas han persistido en el desierto de Atacama durante al menos 10-15 millones de años; además, el registro sedimentario indica que la región ha sufrido un clima árido desde el Triásico tardío, lo que le convierte en el desierto más antiguo de la Tierra. Hay cuatro características fundamentales que convierten a Atacama en un interesante análogo marciano: 1) los suelos son muy antiguos (hasta 2 millones de años), extremadamente secos, y ricos en un conjunto de sales solubles similares a las encontradas en Marte; 2) muestra niveles extremadamente bajos de materia orgánica; 3) sostiene concentraciones muy bajas de bacterias del suelo; y 4) el suelo oxida igualmente L- y D-aminoácidos y L- y D-azúcares, debido a la presencia de oxidantes no biogénicos. Una de las similitudes más fascinantes entre los suelos del desierto de Atacama y los suelos de Marte, que también está vinculada a la sequedad extrema, es la acumulación natural de percloratos en la superficie del suelo. Los suelos de Atacama contienen la mayor concentración de perclorato encontrada en suelos de la Tierra y puede ser casi tan alta como las concentraciones observadas por la sonda Phoenix  y el rover MSL en Marte. Además, el desierto de Atacama contiene densos (de decenas a cientos de metros) depósitos evaporíticos, que mantienen el registro de antiguas condiciones acuosas y que son similares a los depósitos de sales identificados recientemente sobre regiones relativamente grandes de las tierras altas del sur de Marte (Figura 1).


Figura 1: Atacama: El Salar de Atacama (Chile), situado a los pies del volcán Licancabur en la precordillera andina, a 2500 metros sobre el nivel del mar y extendido sobre casi 100 km2, conserva todavía algunas acumulaciones de agua entre los vastos depósitos de sales, como se puede ver en la imagen de la izquierda. El salar es producto del afloramiento de aguas subterráneas que, saturadas de sales, se evaporan dejando costras ricas en sal y minerales. La sonda Mars Odyssey ha revelado la presencia de más de 200 depósitos de sales en depresiones de hasta 25 km2 distribuidas sobre las tierras altas del sur de Marte. El origen de estos depósitos puede encontrarse en un proceso análogo al que forma el Salar de Atacama. La imagen de la derecha muestra: (A) una vista general de algunos depósitos marcianos, y (B) y (C) aproximaciones en detalle que permiten apreciar la formación de polígonos por desecación. Los depósitos aparecen con tonalidades brillantes. (Fotografía de Atacama: A.G. Fairén; Marte: NASA/JPL/Arizona State University/University of Hawaii/University of Arizona).

5.       Análogo del Amazónico (II)
University Valley, en la Antártida. La Antártida está cubierta de hielo casi por completo, pero hay varios lugares libres de hielo que han sido reconocidos como análogos del regolito marciano. Los Valles Secos de la Antártida son la mayor región sin hielo del continente. En general, los valles tienen un clima desértico frío, la temperatura media anual oscila entre -17ºC y -25ºC, y la precipitación media anual es de menos de 50 mm/m2. University Valley es un pequeño valle situado en las montañas Quartermain, que contiene un campo de nieve permanente en un extremo y un suelo de permafrost en el fondo del valle. Una comparación entre el perfil del hielo bajo la superficie en University Valley y el perfil observado en el subsuelo del polo norte de Marte por la sonda Phoenix ofrece similitudes interesantes, como que en ambos lugares existe una capa de permafrost seco por encima del suelo de hielo macizo, que la cantidad de hielo en el suelo aumenta o disminuye debido al intercambio de vapor con la atmósfera (y no de agua líquida), y que las temperaturas en la parte superior del suelo de hielo pueden exceder los 273 K. Por lo tanto, el permafrost seco y el suelo de hielo de University Valley se pueden equiparar con los suelos de Marte. Además, el permafrost de University Valley no muestra signos de presencia de actividad microbiana que se pueda detectar con los métodos de los que disponemos actualmente: es el único lugar de nuestro planeta que la vida no ha podido colonizar.


Figura 2: Ártico: La fotografía superior izquierda muestra un terreno en forma de polígonos en la margen derecha del fiordo “Expedición”, en la isla Axel Heiberg (Canadá), formados por la contracción y expansión estacional del hielo subsuperficial derivada de los cambios en la temperatura del suelo. Los polígonos miden entre 15 y 20 metros de lado. A la derecha, un detalle de las zanjas que configuran los polígonos. La imagen inferior izquierda fue obtenida por la sonda Mars Global Surveyor cerca del polo sur de Marte (86.9°S, 170.6°W), y muestra polígonos similares a los terrestres en morfología y tamaño. A la derecha, una imagen de la zona de amartizaje de la sonda Phoenix, que muestra polígonos de entre 1.5 y 2.5 metros de lado. Estos polígonos tan pequeños indican que el hielo no se encuentra a gran profundidad, y que se han producido cambios importantes en la temperatura en superficie recientemente. (Fotografías de Axel Heiberg Island: A.G. Fairén; Marte: NASA/JPL).

Perspectivas

Las investigaciones de los análogos marcianos en la Tierra están proporcionando un mayor conocimiento sobre la evolución climática, geológica, geoquímica y mineralógica de la superficie marciana. Estas investigaciones mejorarán nuestra comprensión de la vida en ambientes extremos y la preservación de biomarcadores en la Tierra, así como de la posibilidad de la presencia y preservación de evidencias de vida extinta o presente en Marte.


Bibliografía:
Amils, R., González-Toril, E., Fernández-Remolar, D., Gómez, F., Aguilera, A., Rodríguez, N., Malki, M., García-Moyano, A., Fairén, A.G., de la Fuente, V., and Sanz, J.L. (2007). “Extreme environments as Mars terrestrial analogs: the Río Tinto case”. Planet Space Sci 55:370–381.
Andersen, D.T., Pollard, W.H., McKay, C.P., and Heldmann, J. (2002) “Cold springs in permafrost on Earth and Mars”. J Geophys Res 107, doi:10.10129/2000JE001436.
Benison, K.C. and La Clair, D.A. (2003) “Modern and ancient extremely acid saline deposits: terrestrial analogs for Martian environments?” Astrobiology 3:609–618.
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Mahaney, W.C., Dohm, J.M., Baker, V.R., Newsom, H.E., Malloch, D., Hancock, R.G.V., Campbell, I., Sheppard, D., and Milner, M.W. (2001) “Morphogenesis of Antarctic paleosols: martian analog”. Icarus 154:113–130.

Alberto González Fairén
Doctor en Biología Molecular
Investigador Centro de Astrobiología (CSIC-INTA) y Universidad Cornell.

miércoles, 7 de febrero de 2018

¿Iremos a Marte en un futuro con una misión tripulada?

¿Iremos a Marte en un futuro con una misión tripulada?
(Por Jorge Pla-García)

Capítulo 24 “CIENCIA, y además lo entiendo!!!”

El ser humano es, por definición, un ser vivo que necesita explorar su entorno. Nuestra especie, en su afán por aventurarse en lo desconocido, ha conseguido en los últimos 250 años alcanzar cada medio siglo aproximadamente límites insospechados: entre 1768 y 1779 James Cook exploró el océano Pacifico, entre 1799 y 1803 Alexander Von Humboldt viajó por América Central, entre 1849 y 1855 David Livingston llegó al África austral, en 1911 Roald Admunsen alcanzó el Polo sur, en 1969 Neil Armstrong se convirtió en el primer ser humano en caminar por la Luna y, en la década de 2020 si atendemos a las estimaciones de las empresas espaciales privadas o década de 2030 si se consulta a NASA, el siguiente gran hito de la exploración de nuestra especie será pisar por primera vez el planeta Marte. La misión tripulada al planeta rojo será la mayor aventura del siglo XXI y sueños con siglos de antigüedad se verán por fin cumplidos.

“Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo escaso. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura el regreso. Honor y reconocimiento en caso de éxito.” Este anuncio podría aplicarse perfectamente a la búsqueda de astronautas para la primera misión tripulada a Marte. Sin embargo fue el anuncio publicado en la prensa a principios del siglo XX por Ernest Shackleton para completar su expedición a la Antártida. Se recibieron más de 5.000 solicitudes.

Se suele decir que la primera persona en pisar el planeta rojo ha nacido ya y vive entre nosotros. Me pregunto ¿qué estará haciendo ahora mismo? Probablemente, estudiar. La respuesta a la pregunta de este capítulo, ¿iremos a Marte en un futuro con una misión tripulada?, es rotundamente sí. Lo que realmente deberíamos preguntarnos es ¿cuándo? Hoy en día disponemos de la tecnología y los recursos económicos necesarios para realizar una misión tripulada a Marte, una empresa sin precedentes. Sin embargo, se requiere de la voluntad política necesaria para conseguirlo. En este sentido parece que empresas privadas como SpaceX, Boing o Blue Origin, están tomando decisiones mucho más rápido de lo que lo hacen las agencias espaciales públicas. Estas empresas están recuperando el espíritu de la joven NASA de los años 60, ágil y osada, y no la conservadora y burócrata de la actualidad.

En el entorno científico marciano se apuesta por una misión privada para poner un ser humano en Marte con una financiación importante de agencias espaciales públicas y el impulso definitivo de una Alianza Internacional. NASA ha liderado la carrera durante gran parte de la historia espacial, pero sus limitaciones actuales en cuanto a presupuesto y sobre todo a capacidad de maniobra en cuanto a toma de decisiones independientes al congreso americano es bastante limitada. Y es aquí precisamente donde entran en juego las empresas privadas, las cuales están utilizando los conocimientos adquiridos por las agencias espaciales durante los últimos 50 años, a la vez que invierten y toman decisiones de una forma mucho más rápida que NASA, maniatada por el congreso americano. Se da la paradoja de que parte de la financiación de SpaceX proviene precisamente de NASA, por lo que todo apunta a que la agencia espacial norteamericana está utilizando la empresa de Elon Musk como plataforma para acelerar los plazos. Tenemos la tecnología, sí. Tenemos los conocimientos, sí. Tenemos la financiación, sí. Solo necesitamos la manera de acelerar los plazos y que no dependa directamente de la aprobación del congreso de EEUU. Por otro lado, y a lo que a financiación se refiere, NASA solo puede recibir inversiones públicas, problema del que adolece SpaceX, por lo que no sería de extrañar que la futura misión tripulada a Marte estuviera en parte financiada por empresas comerciales como Coca-Cola, Apple o Google por poner un ejemplo. Algunas estimaciones preliminares sitúan en cuatrocientos mil millones de dólares el precio total de una misión tripulada a Marte. Nos encontramos ahora mismo en el momento de la historia espacial donde se está produciendo un cambio de paradigma y de negocio. El objetivo fundamental de SpaceX es que la eterna afirmación “iremos a Marte en 30 años” que se lleva enunciando desde la década de los 60 no se dilate de forma indefinida en el tiempo. Si bien la apuesta de EEUU de poner un ser humano en la Luna fue demoledora, con una inversión para alcanzar el objetivo casi diez veces mayor que la inversión actual (con un máximo de 4.41% del presupuesto federal frente al 0.5% que se invierte actualmente), para el viaje a Marte será necesaria la cooperación internacional. Potencias emergentes en el sector espacial como Europa, China, Japón o India serán imprescindibles para conseguir el objetivo. Me gusta soñar con una Alianza Internacional para la llegada del hombre a Marte.

Para preparar el camino y debido a lo complejo de la empresa, hemos comenzado la exploración enviando sondas robóticas a Marte, que nos proporcionan datos sobre el entorno marciano y sirven como demostradores tecnológicos para la futura exploración humana de Marte.

Características principales de Marte

Marte, aun teniendo la mitad del tamaño de la Tierra, tiene la misma superficie que esta si tenemos en cuanta de ella solo la superficie firme, sin los océanos. La distancia entre la Tierra y Marte depende de las posiciones relativas de los dos planetas, siendo la distancia media de 225 millones de kilómetros (mínima de 56 millones y máxima de 400 millones de kilómetros). Marte tiene un tercio de la gravedad terrestre, lo cual facilitó la creación de accidentes geográficos enormes, como el Monte Olimpo (tres veces más alto que el Monte Everest) o el cañón Vallis Marineris (10 veces más largo y 6 veces más profundo que el Gran Cañón del Colorado), los más grandes de todo el Sistema Solar, lugares de extraordinaria belleza que podrán ser disfrutados por los astronautas que se desplacen hasta allí. Compuesto por roca y metales, Marte es el planeta del Sistema Solar que presenta una mayor similitud con las condiciones ambientales terrestres, además de rotar aproximadamente al mismo ritmo y en el mismo sentido que la Tierra. Un día marciano, denominado “sol”, dura 24 horas y 20 minutos, y su año se prolonga durante 668,59 soles (dos años terrestres), motivo por el cual las estaciones en Marte tienen aproximadamente el doble de duración que las terrestres.

El clima de Marte: hostil, pero no letal

Marte, que se sepa el único planeta habitado exclusivamente por robots, es un planeta donde corrió agua líquida hace mucho tiempo, pero ahora existe solo en forma de hielo en la superficie y subsuelo y en forma gaseosa en la atmósfera, si bien las efímeras torrenteras, observadas con gran cantidad de sales que podrían hacer descender el punto de congelación del agua, generadas en zonas ecuatoriales durante cortos periodos de tiempo del verano marciano sembraron la confusión, aunque recientemente se ha demostrado que su contenido en agua es bajísimo, apenas del 3%. Desde hace décadas se siguen descubriendo en Marte reservas de agua en forma de hielo, tanto en el subsuelo marciano como en los casquetes polares. Se estima que solo en los casquetes polares de Marte hay tanto hielo de agua acumulado como para generar un océano global de 30 metros de profundidad si se encontrara en fase líquida.

La mayoría de los días en Marte, el tiempo es despejado, soleado y muy frío. En Marte no ha llovido una gota de agua en miles de millones de años. El eje de rotación de Marte es además muy parecido al de la Tierra, con una inclinación de 25º (el de la Tierra es de 23,5º), pero con una excentricidad de su órbita alrededor del Sol mucho más grande (0,093, mientras que en la Tierra es de 0,017) lo cual produce una gran diferencia en la irradiación solar máxima recibida en el hemisferio norte comparada con el sur. Como consecuencia de este diferente aporte energético, las estaciones resultan más extremas en el hemisferio sur. Una muestra de ello es que las temperaturas veraniegas en el hemisferio sur, que raramente superan los 0ºC, pueden ser hasta 30ºC más calientes que las del verano del hemisferio norte.

En cada casquete polar existe una capa de hielo de agua con una capa superficial de hielo de CO2. Esta última capa se sublima totalmente (pasa de estado sólido a gaseoso) del casquete polar norte en el verano boreal haciendo subir la presión. El proceso inverso se produce en ese momento en el casquete polar sur (invierno austral). El ciclo solar da lugar por tanto a un intercambio de CO2 entre casquetes. Es como si la atmósfera del planeta respirara con las estaciones.

Existen evidencias que muestran un pasado de Marte con un fuerte campo magnético global, gracias a las observaciones de campos magnéticos residuales locales en el Marte actual llevadas a cabo por orbitadores. El campo magnético de un planeta es su escudo protector frente al virulento viento solar. Cuando Marte perdió su campo magnético se quedó desnudo y a merced del potente viento solar, que barrió su atmósfera, como ha demostrado recientemente la misión Maven, que ha observado como en la actualidad se pierden al espacio más de 8 toneladas de atmósfera al día. Por eso, aunque la atmósfera está compuesta casi en su totalidad de CO2, la presión media global en superficie es de tan solo ~6 mb (apenas un 1% de la presión terrestre) por lo que la superficie de Marte se asemeja poco a una atmósfera tal y como la conocemos de nuestra experiencia cotidiana. Esta ligerísima atmósfera provoca un debilitamiento del calentamiento por efecto invernadero. Queda patente por tanto que quitarse el casco en Marte sería una autentica temeridad, no solo porque su ligera atmósfera no es respirable para el ser humano, sino porque en esas bajas condiciones de presión el agua comienza a hervir a temperatura ambiente, y las consecuencias para nuestro cuerpo que tiene 65% de agua, serían desastrosas. Para encontrar las condiciones similares de baja presión y baja temperatura de Marte tendríamos que trasladarnos a una altura unas tres veces superior a la de un avión comercial, es decir, hasta la frontera misma del espacio.

Aún así, Marte presenta muchos de los fenómenos meteorológicos que se producen en la Tierra como estaciones asociadas a la oblicuidad planetaria, frentes en superficie, nubes de condensación de vapor de agua y dióxido de carbono, tormentas y remolinos de polvo conocidos como dust devils y dunas formadas por actividad eólica, pero sus ritmos de acción son tan lentos que si estuviéramos allí apenas nos percataríamos. Esta tenue atmósfera junto a la ausencia de masas oceánicas, produce una gran amplitud térmica diaria haciendo que la diferencia de temperatura del aire entre el día y la noche sea de hasta 70ºC, por lo que tanto los hábitats como nuestros astronautas tendrán que estar preparados para estos cambios extremos de temperatura. Además, Marte está situado 1,52 veces más lejos del Sol que la Tierra, recibiendo solo un 43% de la luz solar que recibe nuestro planeta.

Existe una incorrecta interpretación de las temperaturas máximas del aire en la superficie de Marte en la literatura y webs de divulgación, en las que la temperatura del suelo a menudo se confunde con la del aire. Si bien el sensor de temperatura de ingeniería (no del aire) en el interior de la cámara frontal Hazcam (con recubrimiento metálico) del rover Spirit registró una temperatura de +35ºC después de ser estar sometida a una intensa radiación solar, no es riguroso utilizarla como temperatura del aire. Del mismo modo, a menudo se utiliza la temperatura del suelo medida por la estación meteorológica española en Marte REMS a bordo del rover Curiosity de NASA (que en algunas ocasiones puede alcanzar los +15,9ºC) como temperatura del aire. Nada más lejos de la realidad: la temperatura media del aire en Marte cerca de la superficie es alrededor de -55ºC, con valores máximos sobrepasando tímidamente los valores negativos en regiones cercanas al ecuador en los días más calurosos, hasta temperaturas inferiores a -130ºC en los casquetes polares. La temperatura del aire más alta registrada en Marte, en toda la historia de la exploración del planeta rojo, fue la medida por el instrumento REMS, que se encuentra el cráter Gale próximo al ecuador en el hemisferio sur marciano, al final de la primavera, momento en el que el cráter recibe mayor irradiación solar. Otras temperaturas máximas del aire cerca del ecuador marciano medidas a la misma altura sobre el suelo son las del aterrizador Viking 1, con -17,4ºC y el aterrizador Pathfinder, con -11,6ºC. Los rover Spirit y Opportunity, aunque carecían de instrumentación meteorológica, podían estimar indirectamente la temperatura del aire, obteniendo los registros máximos de -13.15ºC en el caso de Spirit y de -8.15ºC en el caso de Opportunity. Por lo tanto, aunque la escasez de medidas meteorológicas en Marte hace que estas no sean globalmente representativas, se podría concluir que registrar temperaturas del aire en Marte positivas es algo excepcional.

Marte es un planeta muy polvoriento. El polvo atmosférico tiene un papel protagonista en el clima marciano. Generalmente tiene un efecto anti-invernadero interfiriendo la entrada de energía solar haciendo que disminuyan las temperaturas máximas, pero actúa con un efecto contrario en el infrarrojo actuando como una manta que impide la disipación del calor, haciendo aumentar las temperaturas mínimas. En consecuencia la oscilación térmica diurna disminuye drásticamente. Como curiosidad, las partículas de polvo dispersan la luz solar y producen que los colores en el cielo se inviertan comparados con los de la Tierra: el cielo en Marte es rojizo durante el día y azulado al atardecer. Tormentas locales y regionales de polvo se producen todos los años, generalmente al aproximarse el verano austral. Cada tres años marcianos de media se produce una tormenta global de polvo, que es capaz de cubrir todo el planeta oscureciendo los accidentes más característicos del planeta.

Figura 1: Autoretrato del rover Curiosity. Crédito: NASA 

Los peligros para una misión tripulada, lejos de ser los que hemos visto en las películas o en la literatura donde los astronautas son desplazados decenas de metros cuando se encuentran con una de estas tormentas (recordemos que, aunque los vientos pueden alcanzar velocidades de 150km/h, al ser la atmósfera marciana 100 veces más liviana que la terrestre, el astronauta experimentaría una ligera brisa de 15km/h y eso a pesar de que la gravedad marciana es un tercio de la terrestre), está más relacionado con lo finas que son las partículas de polvo, tanto que se podrían comparar con el humo de un cigarrillo. Este polvo, tal y como les sucedió a los astronautas de las misiones Apolo, se introduce por todos los rincones y su peligro no solo está relacionado con las vías respiratorias y oculares, sino también con la amenaza a los trajes y herramientas que podrían dejar de funcionar, por lo que habrá que prepararse a conciencia para evitarlo.

Breve historia de la exploración humana de Marte

Durante la historia de la carrera espacial ha habido decenas de planes para la exploración humana de Marte. Como en la carrera espacial a la Luna, rusos y americanos han competido desde los años 60 para alcanzar este objetivo. Problemas con los lanzadores, presupuestos desorbitados, errores de diseño, y el objetivo político cumplido de poner un hombre en la Luna dieron al traste con todos los planes marcianos. Recientemente NASA ha vuelto a impulsar la exploración humana de Marte. En Noviembre de 2015 Charles Bolden, administrador de NASA, reafirmó el compromiso de la agencia estadounidense para poner un hombre en Marte en la década de 2030 y el esfuerzo para que las siguientes misiones robóticas allanen el camino.

Entre todos los planes destaca uno en concreto en el que se basan la mayoría de los diseños. Además fue el elegido como la arquitectura empleada en la novela, de película homónima, The Martian. Esta arquitectura, propuesta por Robert Zubrin y bautizada como Mars Direct, pretende abaratar lo que realmente encarece los viajes tripulados a Marte, concretamente la inversión que hay que realizar para hacer el viaje de vuelta, ya que necesitamos combustible para llevar el combustible que nos traerá de vuelta desde Marte. Sin embargo este problema se resuelve en la arquitectura de Mars Direct ya que se acometería la misión en diferentes fases: primero se lanzaría a Marte una nave sin tripulación denominada MAV (Mars Ascent Vehicle), que aterrizaría en Marte y esperaría allí durante un periodo prolongado a los astronautas. El objetivo principal del MAV es realizar el viaje de vuelta con los astronautas desde Marte a la Tierra. Durante este lapso de tiempo, el MAV se encargaría de forma autómata de fabricar el combustible necesario para el viaje de regreso. Por otro lado se enviarían los módulos de habitabilidad donde vivirían los astronautas. Por último se lanzaría la nave de crucero que transportaría a los astronautas desde la Tierra a la superficie de Marte (viaje de ida). El peso de esta nave sería aproximadamente de 400 toneladas pero como no tenemos ningún lanzador hoy en día capaz de poner esa carga en órbita terrestre (recordemos que el máximo actual son 130 toneladas), se deben realizar varios lanzamientos para ensamblar la nave de crucero en órbita terrestre.

En cuanto a la duración de un viaje tripulado a Marte existen básicamente dos alternativas en función del momento que se elija para el lanzamiento. Si el lanzamiento se produce con Marte en conjunción, es decir, cuando desde la Tierra vemos a Marte en el mismo sentido que el Sol, el viaje es más eficiente porque se consume menos combustible, sin embargo la misión se alarga hasta casi 900 días, con dos viajes de 6 meses de duración y obligando a los astronautas a permanecer en Marte durante 500 días. Si por el contrario el viaje se produce con Marte en oposición, esto es, cuando desde la Tierra lo vemos en sentido opuesto al que vemos al Sol, la misión se acorta hasta los 450 días, con los astronautas viviendo solo unos días o semanas en Marte, a costa de utilizar más cantidad de combustible en el viaje.

SpaceX y la obsesión por colonizar a Marte

Elon Musk, director ejecutivo y fundador de SpaceX, quiere viajar personalmente al planeta rojo (aunque en sus últimas declaraciones ha sembrado la duda afirmando que quiere ver crecer a sus hijos). Para conseguir su obsesivo objetivo necesita abaratar los viajes espaciales. Para ello ha estado estudiando de cerca los diseños de cohetes rusos, ya que son los más sencillos y económicos del mercado. Por este motivo SpaceX imprime un carácter de sencillez a todos los diseños, por ejemplo a diferencia de la competencia, solo utiliza queroseno y oxigeno líquido como combustibles. Además, construyen sus propios cohetes, motores y piezas para abaratar costes y tener control absoluto sobre su propia tecnología. Han introducido una novedad que es un hito histórico en la exploración espacial: la reutilización supersónica de la primera etapa del cohete la cual, como si de un tebeo de Tintín se tratara, regresa a su plataforma de lanzamiento después de haber colocado la carga en el espacio. Funcionando a pleno rendimiento y con varios lanzamientos -y aterrizajes- a sus espaldas, ver el regreso de la primera etapa de un Falcon IX (capaz de poner 25 toneladas en órbita terrestre) es como estar viendo la grabación del lanzamiento rebobinada. Con esta reutilización los precios descienden considerablemente. Según Musk, el objetivo es abaratar los costes de lanzamiento hasta una centésima parte del precio final. Esta tecnología de etapas reutilizables sirve también como aterrizaje en Marte.

Figura 2: Imagen del aterrizaje de la primera etapa 
de un cohete Falcon IX de SpaceX. Créditos: SpaceX 

Elon es un soñador. Ha prometido darle a la humanidad la tecnología para abandonar nuestro hogar y construir uno nuevo. Según él, la colonización de Marte involucrará a cientos de naves reutilizables, cada una llevando entre 100 y 250 colonos, con un precio aproximado de 200.000 dólares por billete. Musk no solo quiere realizar una misión tripulada a Marte, sino colonizar el planeta y convertir a la especie humana en una especie multiplanetaria, para poder tener un hogar alternativo en caso de que una catástrofe amenace nuestro planeta.

El plan consiste en construir el cohete más grande jamás diseñado, con 122 metros de altura y una capacidad para poner en órbita baja 550 toneladas aproximadamente. Utilizará metano y oxígeno líquido como combustible. Tendrá solo 2 etapas: la primera con 42 motores, será reutilizable y pondrá la carga en órbita terrestre y la segunda será la que realice el viaje a Marte, simplificando el diseño. Una vez que la segunda etapa se encuentre en órbita terrestre, la primera etapa realizará entre 3 y 5 lanzamientos (aterrizajes y despegues) para ir cargándola de combustible. La segunda etapa aterrizará en Marte de forma vertical como ya se ha mencionado. La idea es que, a diferencia de la arquitectura Mars Direct, sea esta misma nave la que regrese a la Tierra utilizando los recursos locales como combustible.

SpaceX ha desarrollado además, unas cápsulas bautizadas como Dragon que, aunque fueron diseñadas desde el comienzo para transportar astronautas, son capaces de enviar mercancías a la Estación Espacial Internacional (de hecho es la primera vez en la historia que una empresa privada lo consigue).

Figura 3: Arquitectura de SpaceX para la misión tripulada a Marte. Créditos: SpaceX

En 2018 se utilizará una cápsula Dragon modificada y bautizada como Red Dragon, para aterrizar en Marte como demostrador tecnológico y sentar las bases de los aterrizajes con cargas pesadas en el planeta rojo, sirviendo como primera fase para la exploración humana de Marte.

Figura 4: Test de retropropulsores de sonda Dragon de SpaceX. Créditos: SpaceX 

Esta mejora de poder aterrizar en Marte con cargas unas 20 veces más pesadas que las actuales será un salto cualitativo también para las misiones de NASA y otras agencias que podrán verse beneficiadas de esta capacidad para incluir más experimentos e instrumentación en las misiones. Esta cápsula Red Dragon será lanzada en el futuro cohete Falcon Heavy (un Falcon IX modificado).

En los planes de SpaceX no se mencionan de momento las características de los trajes espaciales que se usarán en Marte, pero estos deberán ser lo suficientemente cómodos como para poder recoger muestras, por lo que no pueden ser muy voluminosos y además deberán estar presurizados debido a la baja presión atmosférica marciana y refrigerados para poder soportar las bajísimas temperaturas. El sistema de soporte vital debe tener un tamaño suficiente para llevar a cabo salidas extravehiculares de larga duración, por lo que deben incorporar generadores de oxígeno. Estos trajes podrían compartir la mayor parte de los elementos de un traje utilizado hoy en día para realizar las actividades extravehiculares en la Estación Espacial Internacional, pero tendrán que tener más movilidad e incluir un sistema de soporte vital compatible con la atmósfera marciana.

Figura 5: Recreación artística del cohete Falcon Heavy. Créditos: SpaceX 

Utilización de recursos in situ

La utilización de recursos in situ (ISRU en sus siglas en ingles) será fundamental y obligatoria en una misión tripulada a Marte. Debido a que los lanzamientos espaciales se encarecen de forma exponencial cuanto más peso llevan, en todos los planes se asume que las naves tripuladas deben ser lo más ligeras posible y que los astronautas deberán hacer uso de los recursos locales en Marte para autoabastecerse. Los cultivos serán necesarios en el planeta rojo, pero los astronautas se encontrarán con muchos problemas. Al clima hostil y la menor energía solar disponible se le une la mencionada gran escasez de agua en la superficie de las zonas ecuatoriales. Varias son las soluciones propuestas para solventar este problema como por ejemplo purificar la orina de los astronautas para que sea reutilizable, generar agua a partir del oxígeno atmosférico u obtener agua de las reservas de hielo del subsuelo y los casquetes polares.

A estos problemas se suma el poco fértil suelo (regolito) marciano, rico en sales llamadas percloratos que en teoría dificultarían el cultivo de cualquier vegetal terrestre. Sin embargo, algunos estudios previos sugieren que se pueden minimizar los efectos de los percloratos fácilmente empapando previamente el suelo en agua. Los habitantes que viviesen en Marte tendrían que producir metano y oxígeno con el agua y los depósitos de carbón que se han encontrado bajo la superficie del planeta. El oxígeno será utilizado no solo para respirar, sino también como combustible para el viaje de vuelta.

NASA está invirtiendo muchos esfuerzos en proyectos ISRU y como muestra de ello es la elección de los instrumentos del nuevo rover marciano Mars2020 (en el momento de la publicación de este libro todavía no ha recibido nombre) que se lanzará en el año 2020 y que servirá como demostrador tecnológico para soporte vital y combustible de vuelta para abrir el camino de la exploración humana de Marte. Esa es una de las tareas del instrumento MOXIE, cuya misión es fabricar oxígeno no solo para el consumo humano, sino también para hacer volar en un futuro a la nave que llevará a los astronautas de vuelta a la Tierra. El oxigenador es muy importante porque la atmósfera marciana está compuesta casi exclusivamente por dióxido de carbono, y los motores no funcionarían sin la combustión que el oxígeno hace posible. Otro ejemplo ISRU es la ambiciosa estación meteorológica española MEDA, que irá también a bordo del rover Mars2020, cuyo objetivo será la caracterización de las condiciones medioambientales para que los planificadores de misiones puedan proteger a los futuros exploradores humanos.

Peligros para la salud del astronauta

Ya hemos hablado de lo hostil que puede llegar a ser el planeta Marte. Frío, desolado y escaso en recursos vitales. Muchos argumentan que nuestra especie no esta preparada para sobrevivir fuera de la Tierra. Es importante recordar que no hace mucho tiempo las mejores mentes del mundo pensaban que un viaje a la Luna era totalmente imposible.

La gravedad en la superficie de Marte es tan solo la tercera parte de la Tierra. Se desconocen los efectos que puede tener esta baja gravedad en el cuerpo humano, pero sabemos gracias a los estudios realizados en la Estación Espacial Internacional, que en ausencia de gravedad los fluidos se desplazan hacia la cabeza presionando el nervio óptico y el globo ocular pudiendo dificultar la visión, además al no tener que luchar contra la gravedad, se debilitan los músculos, entre ellos los del corazón, cuádriceps, espalda y cuello. La piel pierde elasticidad y se vuelve más sensible y las heridas tardan más en curarse, por lo que las infecciones pueden ser más comunes. Los huesos se debilitan considerablemente al perder minerales y calcio, los cuales podrían acumularse y formar piedras en el riñón. Además, la ingravidez confunde al oído, causando mareos y desorientación. Para despejar las incógnitas se están realizando experimentos en la Estación Espacial Internacional, estudiando si nuestro organismo es capaz de sobrevivir a periodos prolongados en el espacio. Recientemente se ha desarrollado un experimento, con la mente puesta en Marte, comparando la evolución durante un año de dos astronautas gemelos, uno de ellos residiendo en la Estación Espacial Internacional y otro de ellos en Tierra para que, pasado el año, pudieran ser comparados y determinar cual son las consecuencias en nuestro organismo de una estancia prolongada en el espacio. Pasado el año se ha evidenciado que las estancias prolongadas en ingravidez redundan en atrofia muscular y pérdida de masa ósea (aproximadamente un uno por ciento al mes) pero podría paliarse con ejercicio físico o un generador de gravedad artificial en la nave a Marte.

Todos los científicos parecen estar de acuerdo que la mayor amenaza para una misión tripulada es la radiación solar, las tormentas solares y los rayos cósmicos. Esta gran aventura está plagada de peligros, entre ellos los que supone estar sometido a las altísimas dosis de radiación de partículas provenientes del espacio durante el trayecto. Recientes estudios demuestran que la exposición acumulada, para un astronauta con billete de ida y vuelta, sin contar la estancia -más o menos prolongada- en el planeta rojo, equivale a hacerse 33.000 radiografías. Se han propuesto diferentes alternativas para proteger a los astronautas de estas letales radiaciones, por ejemplo construir los hábitats en el interior de cuevas o en el subsuelo marciano que apantallaría de la radiación, utilizar las zonas con campos magnéticos residuales, esconderse de las tormentas solares en las partes blindadas de la nave espacial o módulo de aterrizaje o incluso modificar el ADN, ya que en un reciente estudio se sugiere el empleo de proteínas denominadas “Dsup” que en organismos tardígrados parecen ser las responsables de la gran resiliencia frente a la radiación evitando que el ADN se rompa a medida que la radiación le impacta.

Otra investigación está centrándose en los efectos de la radiación concretamente en el cerebro humano y sus conclusiones elevan aún más la alarma, ya que causan importantes daños cerebrales a largo plazo en roedores, lo que resulta en alteraciones cognitivas y demencia. Los astronautas que viajen a Marte podrían sufrir demencia crónica. Quizás, a su regreso, ni se acordarían del viaje. Investigar cómo afecta la radiación espacial a los astronautas y las maneras de mitigar esos efectos es crítico para los planes de futuras misiones a Marte. Se está trabajando en estrategias farmacológicas que implican compuestos que eliminan los radicales libres y protegen la neurotransmisión de las letales radiaciones.

Otro tipo de inconvenientes, no por ello menos importantes, son los relacionados con problemas psicológicos como pueden ser delirios, demencia senil, depresión, ansiedad o claustrofobia. Para ello se están desarrollando proyectos de simulación de hábitats marcianos en Tierra.

Me gusta soñar con una llegada del hombre a Marte en la década de 2020, en una nave de SpaceX financiada por empresas comerciales privadas y agencias espaciales de una Alianza Internacional utilizando la arquitectura de Mars Direct.


Jorge Pla-García
Doctorando en Astrofísica (UCM).
Master en Meteorología (UCM).
Master en Astrofísica (VIU).
Master en Ciencia Espacial (UAH).
Investigador del Centro de Astrobiología (CSIC-INTA), Madrid.
Investigador del Southwest Research Institute (SwRI),
Investigador del Scientist, Space Science Institute (SSI),
Boulder (Colorado, EEUU).

Capítulo 24 “CIENCIA, y además lo entiendo!!!”





Ciclo de Conferencias "COSMOS y el legado de Carl Sagan"
Museos de Tenerife
Episodio 5. Jorge Pla García
(12/02/2021)







Añadido por el coordinador (Quintín) el 18/07/2023

Con Jorge tras una charla de este en el Planetario de Madrid


Por que yo lo valgo!!!

Ya iré informando (con imágenes) según lo vaya montando