lunes, 30 de octubre de 2017

Materia Oscura - Christine Allen y Xavier Hernández

31 de Octubre
Día Internacional
de la Materia Oscura
(y además San Quintín)

¿Existe realmente la materia oscura?
(Por  Xavier Hernández  y Christine Allen)
El estudio científico de la gravedad comenzó a finales del siglo XVI con los trabajos de Galileo Galilei, quien dedicó largas horas a observar detenidamente el movimiento de objetos bajo el efecto de esta fuerza. Una de sus observaciones más relevantes, fue la que estableció que "un kilo de plumas cae igual de rápido que un kilo de plomo" Para decirlo en otras palabras, se dio cuenta, dejando caer objetos de distintos materiales por pequeñas rampas de madera y soltándolos desde la Torre de Pisa, que el material del que un objeto está hecho no afecta su movimiento bajo los efectos de la gravedad. Galileo identificó correctamente que es la fricción con el aire lo que ocasiona que una pluma caiga más lentamente que una piedra sobre la superficie de la Tierra. Posteriormente se verificó esta observación mediante experimentos con tubos al vacío.
Hacia finales del siglo XVII, Isaac Newton sistematizó y extendió los trabajos de Galileo, para llegar a una descripción bastante exacta de cómo opera la gravedad dentro del Sistema Solar. Newton propuso una "Ley Universal" según la cual la fuerza entre cualquier par de objetos es proporcional al producto de las masas de éstos, e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa. Es interesante ver que para Newton, el sentido de la universalidad de esta ley se debía a que era válida para todos los objetos del universo, pero no necesariamente a que mantuviera una forma única en todos los ambientes. De hecho, en ausencia de una deducción lógica, exploró varias formas para esta ley, y se quedó con la dependencia conocida, dado que era la que explicaba bien los movimientos medidos en la Tierra y en todo el Sistema Solar entonces conocido. De esta manera, la gravitación de Newton es un ajuste matemático a una serie de observaciones empíricas. Uno de los más notables logros de esta teoría fue la predicción del regreso del cometa que hoy llamamos de Halley. Antes, la aparición de los cometas se consideraba una anomalía a las regularidades del Sistema Solar. Lo variado de la apariencia de los cometas en pasos sucesivos cerca del Sol, su gran número y sus órbitas de períodos largos no permitieron identificar su regularidad, hasta que ésta se dedujo como una consecuencia de la gravedad de Newton.
Durante el siglo XVIII se exploraron los detalles de la teoría de Newton, notablemente por Laplace y Lagrange,  y se llegó a construir un "Universo de relojería", donde el termino "Universo" se usaba para referirse al Sistema Solar. Todos los cuerpos del Sistema Solar se movían en trayectorias precisas según las expectativas de la teoría de Newton. Hacia mediados del siglo XIX se detectó una interesante anomalía a la regla: el planeta Urano parecía a veces retrasarse ligeramente en su órbita, y luego adelantarse. Suponiendo la validez rigurosa de la teoría de Newton, Adams y LeVerrier,  independientemente, llegaron a la conclusión de que esta anomalía se debía a la presencia de un planeta extra, que se movía en una órbita externa a Urano. La teoría de Newton predecía entonces la posición de este nuevo objeto, que efectivamente se encontró justo donde tenía que estar: se había descubierto un nuevo planeta, Neptuno,  en 1846.
Posteriormente, hacia finales del siglo XIX, se puso de manifiesto otra anomalía gravitacional.  Esta vez, el planeta más interno conocido se comportaba de manera extraña. La órbita de Mercurio no se cerraba, sino que, lentamente, el perihelio de su órbita avanzaba,  órbita tras órbita. Parte de este efecto se podía entender mediante la gravedad newtoniana, si se incluía cierto achatamiento del Sol y las perturbaciones de los planetas conocidos, pero no era suficiente para explicar el avance del perihelio observado.  Se propuso entonces la existencia de un nuevo planeta interno a Mercurio, Vulcano. Aunque su observación fue reportada varias veces, este planeta de hecho no existe.  No fue sino  hasta principios del siglo XX que se entendió el corrimiento del perihelio de Mercurio, no como debido a la presencia de una masa no observada, sino como una indicación de que la teoría Newtoniana no era una explicación perfecta de la gravedad. Fue con la teoría de la relatividad general de Einstein que se explicó la anomalía de la órbita de Mercurio,  en términos de un sistema que se encuentra fuera de la región de validez de la teoría dominante, la gravedad de Newton.  Así, se hizo evidente la necesidad de extender el marco teórico de la física de esa época. En la relatividad general, los movimientos no rectilíneos de objetos bajo el efecto de la gravedad no se deben a una fuerza de atracción, sino a la curvatura que en el espacio ocasiona (cambios en la medida de intervalos espaciales y temporales que varían con la posición).  Por ende, según la observación de Galileo, todos los cuerpos se mueven de la misma manera sin importar su composición, ya que se están moviendo en el mismo espacio curvado.
De esta manera, vemos que anomalías gravitacionales, a veces, han llevado a el descubrimiento de materia “oscura" previamente no identificada (como en el caso de Neptuno), y a veces, han revelado que las teorías existentes son solo aproximaciones válidas en un intervalo limitado de parámetros físicos (como en el caso del corrimiento del perihelio de Mercurio).
Durante el siglo XX, el intervalo de distancias a las que se estudian los sistemas astronómicos creció enormemente.  Desde mediados del siglo XIX se sabía  que el Sistema Solar medía solo una fracción ínfima de lo que mide nuestra galaxia, y en los años de 1920 se estableció que las "nebulosas espirales" eran de hecho "universos islas", para usar los términos de la época, esto es, galaxias externas parecidas a la nuestra, pero a distancias decenas, centenares y miles de veces mayores que el tamaño de nuestra Vía Láctea. Para entonces, se tenían ya dos formas independientes de estimar la masa de un sistema astronómico: midiendo cuánta luz emite, y estudiando su dinámica. Dado que el Sol es una estrella más o menos promedio, si vemos que un pedazo de galaxia emite 1000 veces más luz que el Sol, en primera aproximación pesará 1000 veces más que éste.  Por otro lado, asumiendo la validez de la relatividad general (o equivalentemente para velocidades mucho menores que la de la luz, la teoría de Newton), si observamos los tamaños y las velocidades típicas de un sistema astronómico, podemos deducir cuánta masa es necesaria para mantener al sistema unido y estable. Por lo general, a escalas sub-galácticas, (por ejemplo, para los cúmulos de estrellas) ambas determinaciones coinciden dentro de sus errores, y todo cuadra.
Sin embargo, al considerar sistemas cada vez más grandes, la situación cambia. Ya en los años 1930, Fritz Zwicky obtuvo un resultado sorprendente: la dinámica de enormes cúmulos de galaxias implicaba, según la relatividad general, que estos contenían unas 20 veces más masa de la que se veía en las galaxias que pertenecían al cúmulo. Zwicky propuso la hipótesis de la materia oscura, que para él representaba materia normal que no brillaba, y que podía ser gas muy caliente, polvo, planetas, etc. De hecho, durante décadas, la búsqueda de la materia oscura fue una de las principales motivaciones para ampliar el espectro electromagnético estudiado por los astrónomos. Si la materia no brillaba en el óptico, el angosto intervalo de radiación al que Zwicky tenia acceso, seguramente se detectaría en radiofrecuencias, en las microondas, en el infrarrojo, en los rayos X, o en algún otro intervalo espectral.
Hacia los años 1970, los estudios dinámicos en galaxias espirales hechos por Vera Rubin y los radioastrónomos holandeses revelaron que estas galaxias tenían más o menos el mismo faltante de masa que el inferido por Zwicky para los cúmulos de galaxias, bajo la suposición de que la anomalía gravitacional detectada se debía a un faltante de masa, una hipótesis “ad hoc” para forzar la concordancia entre las observaciones y la mecánica de Newton. Hay que recordar que Mercurio se encuentra a una distancia del Sol apenas diez veces menor que la Tierra, mientras que la dinámica de galaxias y cúmulos de galaxias ocurre a escalas miles de millones de veces mayores que el tamaño total del Sistema Solar.
Durante los años 1980 y 90, al estudiar la dinámica de la expansión del Universo,  se llegó a la conclusión de que a las escalas más grandes observadas también se tenía una fuerte disparidad entre la cantidad de materia observada y la requerida por la teoría de la gravedad de Einstein para explicar las observaciones. Se cimentó la idea de que este faltante de masa (de masa capaz de emitir luz) era real, e incluso, se empezó a presentar como un hecho científicamente comprobado.  ¡Solo faltaba detectar este componente directamente!
Ya para esa época, había estudios que abarcaban todo el espectro electromagnético (muchas de ellos desde satélites) y que habían dejado en claro que la "materia oscura" no brillaba en ninguna longitud de onda. Durante algún tiempo, los neutrinos (partículas subatómicas con una bajísima probabilidad de interacción con los átomos) fueron el candidato favorito para la "materia oscura".  Para empezar, ¡tienen la gran virtud de que existen! Poco a poco, las mediciones directas de la masa de los neutrinos dejaron en claro que éstos no podían ser más que una fracción mínima de la materia oscura, y se pasó entonces a considerar partículas hipotéticas predichas por modelos de supersimetría en física nuclear. La detección de estas partículas se ha anunciado espectacularmente de tanto en tanto, pero estudios subsecuentes  han acabado siempre por descartar los múltiples anuncios.  Estos resultados negativos ya no han recibido la correspondiente publicidad.
Durante los últimos 30 años se han invertido muchísimos millones y muchísimos esfuerzos en buscar directamente a estas partículas, miles de las cuales tendrían que estar cruzando cada centímetro cuadrado del área de la Tierra cada segundo, y que constituirían así cerca del 90% de la masa en el Universo. Gradualmente, ha sido forzoso descartar a los candidatos más plausibles, lo que ha llevado a propuestas cada vez más exóticas, en especial ahora, después de que en el verano de 2016 experimentos en el LHC en CERN descartaron cualquier partícula viable dentro de los modelos de supersimetría estándar.
De esta manera, estamos ante una situación en la que el agente causal determinante de nuestra teoría de gravitación se postula como un elemento que nunca nadie ha visto, situación que recuerda el caso del éter de finales del siglo XIX. Lo anterior ha generado un interés creciente  en las teorías de gravitación modificada, en las cuales se propone un estudio más empírico del problema, tratando de inferir el carácter de la gravedad a escalas astronómicas, muchos órdenes de magnitud mayores que las escalas accesibles a experimentos directos, y partiendo de la condición de explicar la dinámica observada usando solo la materia detectada.
No existe todavía una teoría de gravedad modificada única o final, refinada y determinada,  al nivel de la gravedad de Einstein.  Pero ya contamos con una serie de primeras aproximaciones, relaciones de escala y reglas empíricas que están orientando este desarrollo. Mediante ellas, se ha explorado un número cada vez mayor de sistemas dinámicos cuya explicación tradicional requiere de la presencia de materia oscura.  Se encuentra de manera consistente, que las predicciones de la gravedad modificada (en su forma empírica actual) se confirman. Siempre que un sistema dinámico se encuentre en un régimen de aceleración unas mil millones de veces menor que la aceleración gravitacional sobre la Tierra (y solo en esos casos), se presentan las anomalías gravitacionales que según la gravedad estándar se identifican como evidencia indirecta de materia oscura.
La gravedad modificada ha probado, en los sistemas a los que ha sido aplicada, que la existencia de materia oscura es innecesaria. Si bien aún se encuentran en su infancia, las teorías de gravedad modificada permiten ya vislumbrar la posibilidad de que la búsqueda de las exóticas partículas responsables de cerca de 90% de la masa del universo sufra la misma suerte que la búsqueda del éter en el siglo XIX.
Christine Allen Armiño                               Xavier Hernández Döring
Doctores en Astrofísica
Investigadores
Instituto de Astronomía, Universidad Nacional Autónoma de México


Imagen compuesta del cúmulo de galaxias CL0024+17 tomada por el telescopio espacial Hubble que muestra la creación de un efecto de lente gravitacional. Se supone que este efecto se debe, en gran parte, a la interacción gravitatoria con la materia oscura.
NASA, ESA, M.J. Jee and H. Ford (Johns Hopkins University) 

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