lunes, 8 de octubre de 2018

El motor de las estrellas - Ricardo Dorda Laforet

¿Hasta dónde puede llegar el proceso de fusión dentro de una estrella?
(Por Ricardo Dorda Laforet)



De forma simplista puede describirse a las estrellas como bolas de gas incandescente, pero aunque visual, es una aproximación que omite el elemento fundamental que rige su existencia: el equilibrio. Las estrellas son el producto de dos fuerzas titánicas enfrentadas entre si. Por un lado está su campo gravitatorio, causado por su propia masa y que tiende a comprimirla. Por otro lado, la energía que se genera en su núcleo mediante fusión nuclear y que produce una presión interna que tiende a expandirla [1], igual que ocurre en una explosión. Así, toda la vida de la estrella, con sus diferentes fases evolutivas desde su nacimiento hasta su muerte, vendrá determinada por la contraposición de ambas fuerzas.

1        Nacimiento
         
Cuando las grandes nubes interestelares de gas y polvo colapsan sobre si mismas [2], forman grumos de mayor densidad en su interior (llamadas protoestrellas). Tales puntos se convierten en focos del colapso, atrayendo hacia sí toda la materia cercana, lo que aumenta progresivamente su densidad. En cierto momento, la presión, densidad y temperatura son tan altas en el centro de esos grumos, debido al peso de toda la materia que cae hacia allí, que en su centro se inician las reacciones de fusión nuclear.

          La fusión nuclear consiste en la unión de núcleos atómicos ligeros en otros más pesados. Sin embargo, para que dos núcleos atómicos (cuya carga eléctrica es netamente positiva) lleguen a fusionarse, poniéndolo en términos muy simplificados, hace falta que impacten entre ellos con una energía (velocidad) tremenda, suficientemente alta como para que venzan su repulsión natural (debido a que ambas son cargas eléctricas del mismo signo). Pese al coste energético que requiere el impacto, una vez se fusionan en un único núcleo alcanzan un estado muchísimo más estable que el que tenían individualmente, por lo que se libera una enorme cantidad de energía. Una forma de visualizar esto es pensar, por ejemplo, en dos palos de madera. Si frotamos los palos entre ellos despacio no conseguiremos nada: no estaremos dándoles suficiente energía como para que se prendan fuego. Sin embargo, si frotamos con suficiente velocidad, es decir, les damos suficiente energía inicial, los palos se calentarán tanto que empezarán a arder y su combustión nos proporcionará mucha más energía de la que nos costó que prendieran.

          El gas a partir del que nacen las estrellas consiste mayoritariamente en Hidrógeno (~75% de su masa) y Helio (~25%) con una pequeña fracción de otros elementos más pesados. Al irse incrementando la presión y la temperatura en el núcleo estelar debido a la materia que va cayendo hacia él, lo primero que comenzará a fusionarse son núcleos del elemento más ligero (el Hidrógeno), pues la repulsión entre ellos es menor que entre núcleos mayores (como el Helio) cuya carga positiva es mucho mayor y, por tanto, que se fusionen requieren mucha más energía. Cuando empieza a producirse energía en el núcleo gracias a la fusión, ésta tiende a expandir la estrella, lo que detiene el colapso de la estrella. Eso detiene súbitamente el incremento de densidad y temperatura en el núcleo estelar, pues no sigue comprimiéndose y por eso no llegan a alcanzarse las temperaturas que requieren los núcleos más pesados para fusionarse.

          Dependiendo de la masa total de la protoestrella, las condiciones de su núcleo serán muy diferentes. A mayor masa, tendrá una mayor presión interna que le permitirá mantener un núcleo de mayor tamaño y a mayor temperatura. Uno podría plantearse que un núcleo mayor implica una mayor cantidad de Hidrógeno en él, por lo que una estrella de más masa tardaría mucho más en agotar su núcleo que una menos masiva. Sin embargo, esto es justo al revés.

          Existen dos mecanismos para la fusión del Hidrógeno, la cadena protón-protón y el ciclo CNO, y ambos se dan en todas las estrellas sin importar su masa. Ahora bien, de ambos, el que requiere menos energía para activarse es la cadena protón-protón. Sin embargo, su eficiencia depende poco de la temperatura si lo comparamos con el ciclo CNO, que es mucho más sensible a la temperatura, de forma que es mucho más eficiente cuanto mayor sea ésta. Así, ocurre que en las estrellas con una masa 1.3 veces la del Sol o menor el mecanismo dominante es la cadena protón-protón. Sin embargo, en las estrellas de más masa la temperatura es suficientemente alta como para que domine el ciclo CNO, lo que acelera enormemente el consumo de Hidrógeno y, por tanto, la producción de energía. La consecuencia de esto es que una estrella más masiva  consumirá el Hidrógeno en su núcleo mucho más rápidamente que una estrella menos masiva. Tanto que, pese a que las reservas de Hidrógeno en el núcleo son mucho más grandes para la estrella más masiva, ésta las agotará muchísimo antes que la estrella menos masiva. Así, una estrella como el Sol tarda unos 10.000 millones de años en quemar el Hidrógeno de su núcleo, pero una estrella con 30 veces la masa del Sol solo tarda unos pocos millones de años. Así mismo, las estrellas menos masivas que el Sol tardan en agotar sus núcleos muchísimo más que éste.

          En consecuencia, las estrellas más masivas emiten mucha más energía por segundo (son mucho más luminosas) que las menos masivas, lo que hace que sean más grandes y que su superficie esté mucho más caliente [3].

2        Vida
         
La etapa de la vida de las estrellas durante la que fusionan Hidrógeno en sus núcleos se llama fase de Secuencia Principal, y es la de mayor duración. La fusión de Hidrógeno produce Helio, que se va acumulando en el núcleo ya que su temperatura no es suficientemente alta como para que pueda fusionarse. Cuando el Hidrógeno se agota en el núcleo, deja de producirse la energía que contenía la compresión gravitatoria de la estrella. Sin la fusión nuclear, nada evita que el interior de la estrella empiece a colapsar hacia el centro y, al tiempo que esto ocurre en el interior de la estrella, sus capas externas tienden a expandirse de forma espectacular. La estrella se convierte así en una gigante (o supergigantes) roja [3]. Ahora bien, en este punto depende de la masa estelar qué ocurre a continuación.

          Si la masa es relativamente baja [3], de 2.25 veces la del Sol  (masas solares) o menor, el núcleo se comprime hasta que se degenera. Es decir, que su presión interna deja de ser principalmente de origen térmico para ser de origen cuántico. Esto, planteado de forma simplista, significa que la materia está tan compacta que los núcleos atómicos se agolpan entre ellos sin poder invadir el espacio de los demás. Dado que la materia del núcleo degenerado ya no puede “ocupar menos espacio”, absorbe la compresión debida al colapso gravitatorio de las capas superiores en forma de temperatura (con los átomos vibrando cada vez más rápido en un espacio absolutamente restringido). Debido a lo compacto que están los núcleos atómicos en ese estado, el núcleo estelar tiene una altísima conductividad, es decir, que todo el núcleo incrementa su temperatura prácticamente al mismo tiempo pese a su enorme tamaño.

          Las estrellas de baja masa, el 23% de la del Sol o menos, carecen de la masa necesaria como para comprimir su núcleo hasta el punto en que su temperatura permita la fusión del Helio, muriendo como estrellas enanas blancas de Helio. Sin embargo, las estrellas con masas mayores (pero menores a 2.25 masas solares) sí alcanzan una temperatura en su núcleo tan alta que el Helio comienza a fusionarse (a unos 100 o 200 millones de Kelvin). La cuestión es que como todo el núcleo llega a la temperatura necesaria casi a la vez, todo el Helio se fusiona simultáneamente en Carbono, lo que libera repentinamente una enorme cantidad de energía que vuelve a expandir el núcleo, terminando la degeneración. A este evento se lo conoce como Flash de Helio. Después de eso, la estrella es capaz de seguir fusionando Helio en una capa alrededor de su núcleo inerte de Carbono (que se comprime hasta el punto en que se degenera, ya que no produce energía propia). Además, envolviendo a la capa de fusión de Helio hay también una capa a suficiente temperatura como para que el Hidrógeno en ella se fusione en Helio, el cual va cayendo hacia la capa inferior, dónde se fusiona en Carbono. Cuando la estrella agota el Hidrógeno y el Helio disponibles en su núcleo, muere como una estrella enana blanca, pues carece de la presión suficiente como para que el Carbono degenerado de su núcleo pueda fusionarse en elementos aún más pesados.

          Volvemos ahora a las estrellas con masas superiores a 2.25 masas solares. Estas estrellas poseen suficiente masa como para que sus núcleos alcancen las altísimas temperaturas necesarias para la fusión del Helio sin pasar por una fase de materia degenerada. Además, alrededor del núcleo de Helio hay una capa de fusión de Hidrógeno, que alimenta con nuevo Helio al núcleo. Entre tanto, en el centro del núcleo se va acumulando, Carbono y Oxígeno, productos de la fusión del Helio. Si la estrella tiene menos de 8 masas solares, el núcleo de Carbono y Oxígeno nunca alcanzará la temperatura que permita su fusión y la estrella termina muriendo cuando agota su Hidrógeno y su Helio disponibles, dejando tras de sí una enana blanca.

          Por el contrario, en las estrellas con una masa superior a 8 veces la solar, el núcleo alcanza temperaturas que permiten que Carbono y Oxígeno comiencen a fusionarse. Así, se forma una capa de fusión de estos elementos alrededor del centro del núcleo, dónde se acumula el producto de su fusión: Neón y Magnesio. Como en estas estrellas las temperaturas del núcleo son suficientemente altas, estos elementos también empezarán a fusionarse en una capa alrededor del producto de su fusión, y así sucesivamente, de forma que el interior de la estrella se estructura en una serie de capas de fusión, como las capas de una cebolla. El producto de la fusión de cada capa va cayendo a la siguiente capa más interior, dónde se fusiona a su vez en elementos más pesados que continúan su camino, capa a capa, hasta el centro de la estrella.

3        Muerte
         
Como hemos visto, la muerte para las estrellas de 8 masas solares o menos ocurre cuando en su núcleo se agotan los elementos que puede fusionar, quedando solo aquellos demasiado pesados en un estado degenerado. Esto da lugar a una estrella enana blanca, que no es otra cosa que el antiguo núcleo de la estrella, ahora inerte pero tremendamente caliente (miles de veces más que la superficie una estrella viva). Mientras, los restos de las capas más superficiales de la estrella son eyectados, dispersándose hacia el medio interestelar y formando en el proceso lo que se conoce como Nebulosa Planetaria.

          Por otro lado, las estrellas con más de 8 masas solares tienen núcleos capaces de fusionar elementos cada vez más pesados... hasta que empieza a producirse Hierro-56. Este elemento es el más estable de la tabla periódica. Es decir, que fusionarlo requiere mucha más energía de la que libera. Así, el Hierro-56 se va acumulando rápidamente en el centro de la estrella, completamente inerte. Al principio, su degeneración evita su colapso, pero la estrella continúa acumulando Hierro hasta que su masa es demasiado grande como para que la degeneración atómica pueda sostener su peso (es decir, se alcanza la masa de Chandrasekhar, que es igual a 1.4 masas solares). En ese punto, ningún mecanismo puede evitar el colapso del Hierro, que colapsa a velocidades relativistas, lo que provoca que se libere una cantidad enorme de radiación gamma que destruye los núcleos de Hierro, dejando tras de sí una estrella de neutrones o un agujero negro (según cuán masiva fuera la estrella) y provocando una repentina onda expansiva hacia fuera. Ésta causa la compresión súbita de muchas de las capas internas de la estrella tan enorme, que su materia se fusiona simultánea e instantáneamente. A este proceso se lo conoce como Supernova tipo II, lo que marca la muerte de la estrella de forma absolutamente espectacular, ya en una fracción de segundo libera la misma energía que millones de soles durante toda su existencia. Y es precisamente en esta tremenda explosión, que tanta energía libera, dónde se generan todo tipo de elementos más pesados que el Hierro-56 (desde el Cobalto hasta el Plutonio) y que nunca podrían haber nacido por fusión en el núcleo de ninguna estrella.


Notas:
[1] En aras de la precisión hay que advertir al lector que esto es cierto solo para las estrellas “vivas”, es decir, que producen su propia energía. En contraposición hay tipos de estrellas que pueden describirse como “muertas”, restos de estrellas convencionales que ya no producen energía por fusión en sus núcleos, como las enanas blancas y las estrellas de neutrones.
[2] Ver capítulo 11.
[3] Ver capítulo 17.

Ricardo Dorda Laforet
Doctor en Astrofísica
Investigador post-doctoral en la Universidad de Alicante









Natural de Madrid (1984), cursó la Licenciatura en Física de la Universidad Complutense de Madrid, especializándose en Astrofísica, para luego cursar el Máster Interuniversitario ( Universidad Complutense de Madrid – Universidad Autónoma de Madrid) en Astrofísica.

Realizó sus estudios de doctorado en la Universidad de Alicante (Ph. D. 2016), centrándose en el estudio de las estrellas masivas evolucionadas. A día de hoy sigue desarrollando esta línea de investigación en su posdoctorado, en la Universidad de Alicante.

Recomendaciones en este Blog.

miércoles, 3 de octubre de 2018

La Butaca del Jueves 1

Con motivo del próximo estreno de
"El primer hombre..."
y la concesión estos días 
de los Nobel,
permitid que recupere este post.


Creo que el Jueves es el día (noche)
perfecto para "acostarse" tarde.

Tengo la osadía de recomendaros unos "clásicos".

A mi todas me han gustado,
en distintas etapas de mi vida,
por ello me permito recomendarlas.



Elegidos para la gloria.
The Right Stuff


El Premio.
The Prize.



De cada una os pongo el trailer,
ya queda de cada uno
la manera de conseguirla para verla.

La mayoría vienen o tienen asociado un libro muy,
quizá más que la propia película, recomendable.

En casi todas la BSO también es muy buena.

FELIZ VERANO

lunes, 1 de octubre de 2018

Ondas gravitacionales - Miguel Zumalacárregui Pérez

¿Por qué ha tenido tanta repercusión el descubrimiento de las ondas gravitacionales?
(Por Miguel Zumalacárregui Pérez)



En noviembre de 1915, Albert Einstein daba el toque final a lo que sería una de las joyas del conocimiento humano. Tras una década de trabajo consiguió sintetizar las ecuaciones que gobiernan la teoría de la relatividad general, una construcción matemática de gran belleza que describe la gravedad en términos de la curvatura del espacio tiempo. Einstein dedicó diez años a completar esta gesta, pero la aventura no hacía sino empezar, pues en las próximas décadas se fueron entendiendo y confirmando las predicciones más psicodélicas de esta hermosa teoría, desde la expansión del universo, indicando que existe un origen del tiempo, hasta la existencia de agujeros negros en los que el tiempo se detiene. Cien años después solo una predicción clave de la relatividad general quedaba por confirmarse: la existencia de ondas gravitacionales, ínfimas distorsiones del tejido espaciotemporal que viajan a la velocidad de la luz. Este fenómeno pudo demostrarse por fin, un siglo después de haberse formulado la teoría.

          La detección de ondas gravitacionales es y será uno de los hallazgos científicos más importantes del siglo XXI. Se trata de un logro tecnológico sin precedentes, fruto de décadas de esfuerzo y una intensa colaboración a nivel internacional. Este hito abre una nueva ventana al universo que nos permitirá escuchar los fenómenos más extremos del cosmos, fenómenos que de otra forma permanecerían ocultos y que podremos usar para entender la gravedad en mayor profundidad. Y esto es esencial, ya que la gravedad está íntimamente ligada a muchos de los grandes problemas en física teórica, desde la unificación de las fuerzas hasta el origen del universo. Independientemente de como lleguen a resolverse estos misterios, las ondas gravitacionales nos ayudarán a entenderlos y nos abrirán la puerta a fenómenos nuevos e inesperados.

          Las ondas gravitacionales no son muy distintas de las ondas que se producen en la superficie de un estanque, las ondas que propagan el sonido en el aire, o las ondas electromagnéticas que dan lugar a la luz visible o la radio: se generan por una fuente, se propagan hacia el exterior de ésta, perdiendo intensidad en el camino, y producen ciertos efectos a su paso que permiten detectarlas con las técnicas adecuadas. Una diferencia entre las ondas gravitacionales  y electromagnéticas es que las primeras se parecen más al sonido: son emitidas por la totalidad de un sistema y no solo por su superficie. Por este motivo no se habla de “ver” ondas gravitacionales, sino que se las “escucha”. Y hay que escucharlas con suma atención, pues la gravedad es una fuerza extremadamente débil. Sabemos esto porque con nuestras piernas somos capaces de vencer la fuerza que ejercen las casi 6 cuatrillones de toneladas de la tierra (6·1024 kg) [1]. Esta debilidad convierte el estudio de las ondas gravitacionales en una ciencia tremendamente desafiante, pues incluso los fenómenos más violentos del universo producen distorsiones ínfimas y detectarlas desafía los límites de nuestra tecnología.

La primera onda gravitacional jamás detectada, GW150914, cruzó la tierra el 14 de septiembre de 2015. Sin embargo su viaje empezó hace más de mil millones de años, cuando dos agujeros negros que estaban orbitando en una galaxia lejana colapsaron y se fundieron en un agujero negro mayor. Aunque cada uno de estos agujeros negros tenía una masa unas 30 veces mayor que nuestro Sol (¡y este es unas cien millones de veces más pesado que la Tierra!) la fusión se produjo en menos de dos décimas de segundo. Este proceso, tan rápido y violento liberó una cantidad de energía correspondiente a 3 veces la masa del Sol en forma de ondas gravitacionales. Al igual que el sonido del trueno es apenas audible cuando la tormenta es distante, el rugido de este proceso monstruoso apenas es perceptible a su llegada a la tierra.

          Detectar las ondas gravitacionales ha sido un desafío épico a nivel tecnológico. Una onda gravitacional tiene el efecto de acortar el espacio en una dirección y estirarlo en otra. Pero esta onda se atenúa y después de un viaje de mil millones de años, incluso la colisión de dos agujeros negros mucho más masivos que el Sol tiene un efecto imperceptible. La distorsión del espacio es por apenas un factor 10-21, es decir, una milésima de una trillonésima. Podemos entender lo minúsculo de este factor con una analogía. Imaginemos que en lugar de medir distorsiones del espacio, nos interesáramos por fluctuaciones monetarias, por ejemplo nuestros ahorros en el banco o el valor de una acción en la bolsa. En ese caso, una fluctuación de  10-21 es equivalente a modificar el valor de toda la economía mundial en una diezmillonésima de euro. Tal cantidad es tan ínfima que está muy por debajo de la menor fracción de divisa que se considera en ningún mercado.

          La colaboración LIGO (Laser Interferometer Gravitational-Wave Observatory) ha sido capaz de efectuar esta medida histórica usando un sistema extremadamente sofisticado para detectar estas perturbaciones en el espacio-tiempo. Cada uno de los detectores de LIGO consiste en dos rayos láser perpendiculares, cuya interferencia permite medir cambios en la distancia relativa que recorre cada uno de los rayos. La pequeñez de las ondas gravitacionales hace que el estiramiento de estos brazos es menor que el radio de un protón. Para sobreponerse a la pequeñez de esta distorsión los espejos que reflejan los láser están suspendidos en un sistema cuádruple de péndulos, que los aísla del movimiento de la tierra. A pesar de todos estos trucos, multitud de efectos (que incluyen pequeños terremotos, coches pasando a kilómetros del detector o la vibración térmica de los espejos) son mucho mas fuertes que la señal, por lo que LIGO cuenta con dos detectores situados a 3000km en extremos opuestos de EEUU. Al contrario que todos estos efectos, una onda gravitacional produce un patrón distintivo en ambos detectores: la misma señal es recogida en ambos puntos, pero con unos milisegundos de retraso que la onda gravitacional tarda en recorrer la distancia que los separa, viajando a la velocidad de la luz.

          El patrón de ondas gravitacionales detectado por LIGO es justo lo que se espera escuchar en las últimas órbitas de dos agujeros negros con una masa unas 30 veces mayor que la de nuestro Sol, su fusión en un agujero negro con la masa total y la relajación de éste hasta un estado estable. Sabemos esto por la frecuencia a la que se observan las distorsiones en los láser de LIGO y su variación temporal, ya que la onda oscila más rápido a medida que ambos agujeros negros se acercan. Los detalles técnicos son muy complejos, pero la idea se puede entender con una analogía musical. Sabemos distinguir la misma melodía tocada en distintos instrumentos, ya que, incluso tocando las mismas notas, un contrabajo, un órgano y un trombón son completamente diferentes, y un experto puede incluso distinguir entre ligeras variaciones en el mismo tipo de instrumento. Un punto importante para saber que son agujeros negros (y no otro objeto muy compacto) es por la velocidad de las órbitas: si los objetos fueran más grandes que un agujero negro tendrían que desplazarse más rápido que la luz para reproducir las frecuencias que observamos, lo cual contradice la teoría de Einstein.

          Vale la pena detenerse en este punto: LIGO no solo ha detectado ondas gravitacionales, sino que también ha sido capaz de observar dos agujeros negros orbitando y fundiéndose en un agujero negro mayor. Este evento abre una nueva ventana al universo y a los fenómenos más violentos que ocurren en él. Los agujeros negros son los objetos más extremos conocidos, el estado final en la evolución de estrellas tan densas que la gravedad las aísla del resto del universo e impide hasta a la misma luz escapar de su interior (ver Capítulo 13). Es muy difícil estudiar estos objetos, ya que por definición no emiten ninguna señal. Pero ahora todo esto puede cambiar, pues hemos ganado un sentido con el que estudiar los agujeros negros, así como otros fenómenos gravitatorios. Ya no solo podemos ver el universo, ahora también podemos escucharlo.

          Las pocas pero espectaculares observaciones de ondas gravitacionales que hay hasta la fecha no hacen más que arañar la superficie de lo que puede llegar a ser esta nueva ciencia. Cada nuevo canal de observación al que se ha abierto la astronomía ha dado lugar a descubrimientos sorprendentes e interesantes. Un claro ejemplo es la radioastronomía, que estudia objetos astronómicos a través de las ondas de radio, como las que empleamos para la comunicación con dispositivos móviles. La apertura de los cielos a observaciones a través de ondas de radio dio lugar al descubrimiento de los quasares, objetos tan brillantes y tan distantes que solo pueden ser causados por procesos extremos en galaxias muy lejanas. Se cree que los quasares son la radiación emitida por estrellas y nubes de gas al ser devoradas por agujeros negros inmensos que habitan en el centro de las galaxias, cada uno millones de veces más masivo que nuestro Sol (ver Capítulo 12). Las ondas gravitacionales nos proporcionarán nuevas pistas sobre los agujeros negros. Pero más allá de observar estos misteriosos seres, o de ganar nueva información sobre otros objetos como las estrellas de neutrones, sin duda lo más vertiginoso es la posibilidad de observar objetos hasta ahora desconocidos.

          Más allá de observar fenómenos y objetos en el universo distante, las ondas gravitacionales nos permitirán entender mejor las leyes fundamentales que rigen nuestro universo a nivel microscópico. Y en concreto podremos estudiar propiedades de la que es con diferencia la fuerza peor entendida de la naturaleza: la gravedad. A pesar de ser uno de los fenómenos más cotidianos, de agarrarnos cada minuto de nuestra existencia, la gravedad es sin duda el fenómeno más misterioso de la física fundamental. Una cantidad abrumadora, una fracción mayúscula de los problemas abiertos en física fundamental están conectados de alguna manera a los fenómenos gravitatorios y la naturaleza del espacio-tiempo. La gravedad es parte integral en el entendimiento de problemas que van desde el origen del universo y su destino hasta la descripción microscópica de la gravedad (a través de su unificación con la mecánica cuántica), pasando por la naturaleza de los agujeros negros.

          Hablamos de una ciencia que está en su infancia, y por el momento es difícil de imaginar en qué forma concreta el estudio de las ondas gravitacionales nos podrá ayudar a entender estos problemas tan profundos. Aunque es una idea especulativa, es muy posible que las ondas gravitacionales nos ayuden a entender el mecanismo por el que el universo se expande de manera acelerada (ver Capítulo 52). Este efecto contradice la naturaleza atractiva de la gravedad predicha por la teoría de Einstein, creando así uno de los grandes misterios de la ciencia contemporánea. Para explicarlo se han propuesto muchos modelos basados en teorías de gravedad alternativas. Éstas permiten que la gravedad sea más débil a escalas cosmológicas, permitiendo que las galaxias se alejen cada vez más rápido unas de otras. Pero muchas de estas teorías también predicen modificaciones substanciales en el comportamiento de las ondas gravitacionales. Por ejemplo, una clase muy importante de modelos predicen que estas viajan a velocidades superiores a la luz, haciendo que las señales de eventos lejanos se observen con un lapso entre la señal gravitatoria y su análogo electromagnético. Este test no puede hacerse con agujeros negros, ya que no emiten luz al fusionarse, pero cuando seamos capaces de observar las ondas gravitacionales de objetos luminosos podremos descartar muchos modelos de energía oscura.

          La gravedad es única y hemos ganado un sentido con el que poder escucharla. Es la fuerza que da forma al universo, ensambla las galaxias y las agrupa en estructuras aun mayores. La gravedad aparece íntimamente ligada a muchos de los problemas no resueltos por la física contemporánea [2], algunos tan antiguos como el origen del universo. También está inseparablemente ligada a la naturaleza misma del espacio-tiempo, nos amarra a nuestro planeta y nos limita a viajar a velocidades que son ridículas en la escala de las galaxias. Como el amor, la gravedad es un fenómeno atractivo y universal, a menudo demasiado obvio, débil o inalcanzable como para llamar nuestra atención. Y como esta otra fuerza irresistible, nunca dejará de sorprendernos.

Notas:
[1] Para una introducción a la notación en potencias de 10 véase www.fronterad.com/?q=pequeno-mapa-mundo-en-potencias-diez-i-contando-cifras

Bibliografía:
Nota de prensa de la colaboración LIGO https://www.ligo.caltech.edu/detection
“The Perfect Theory: A Century of Geniuses and the Battle Over General Relativity”, Pedro G. Ferreira.
Gravitational Waves Explained, Jorge Chan https://www.youtube.com/watch?v=4GbWfNHtHRg

Miguel Zumalacárregui Pérez
Doctor en Física
Investigador Marie Curie - University of California at Berkeley
Nordita Fellow – Nordic Institute for Theoretical Physics








Nació en Madrid. Actualmente es investigador Marie Curie en la Universidad de California en Berkeley (EEUU) y miembro del Instituto Nórdico de Física Teórica (Nordita, Suecia). Previamente fue investigador postdoctoral en la Universidad de Heidelberg (Alemania) y el Instituto de Física Teórica UAM-CSIC, y obtuvo el doctorado en Física en las Universidades Autonoma de Madrid y de Barcelona.

Su investigación se centra en la relación entre cosmología y gravitación, y específicamente en como utilizar datos observacionales (de ondas gravitacionales, la expansión del universo o la distribución de galaxias a grandes escalas) para entender mejor la gravedad. Mantiene el blog de divulgación: